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La forma de las ruinas

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Con la última novela de Juan Gabriel Vásquez me encuentro a un novelista solvente, que se mueve con sentido narrativo corpulento. Toma un curso de la historia y explora las entrelineas, los suspensos, al punto que hace de su ficción histórica un cuerpo de interpretación, bajo el título de “teoría de la conspiración” en Colombia.

Le interesa llegar a los dobleces de la historia, las intimidades cruciales, los hechos que jamás se pudieron probar, las “pruebas reinas”, las hipótesis de café, lo que se dijo en los meses anteriores, en los últimos días.  “… eso era lo único que me interesaba a mí de la lectura de novelas: la exploración de esa otra realidad, no la realidad de lo que realmente ocurrió, no la reproducción novelada de los hechos verdaderos y comprobables, sino el reino de la posibilidad, de la especulación, o la intromisión que hace el novelista en lugares que le están vedados al periodista o al historiador”. (pag 205)

Vásquez necesita además de su especulación sobre todo el tinglado que rodeó el asesinato del General Uribe Uribe, y el del Jefe, Jorge Eliecer Gaitán, hacer su  propia historia, como escritor, la de sus amigos escritores, y la de dos personajes, Carballo y Benavides, con los que se enreda en una trama de 550 páginas. El novelista se nos metió a la novela. Supongo que es lo que llaman autoficción”. Y no como un personaje, como la persona que es, aunque haga lo que hacen los personajes, relacionarse con los otros, moverse, buscar, ser intermediario, prometer. De la misma manera en que William Ospina se introduce en El año del verano que nunca llegó.

La teoría de la conspiración de Carballo, de los Carballos sobrevivientes, tiene una razón de ser histórica en la novela, su padre murió el mismo día que mataron al Jefe, en el enfrentamiento con la guardia de Palacio, a donde alcanzaron a llevar el cadáver de Roa Sierra. Es la motivación histórica del personaje que incita a Vásquez, durante toda la novela, a que escriba la historia con toda la información que él le proporciona. Pero si Vásquez se metió a la novela, ya no puede evitarse que las conjeturas, las hipótesis acerca de lo que él realmente piensa, le caigan. Al final, solo al final, acepta escribir la historia, aparentemente por haber conseguido la vértebra de Gaitán y la calota de Uribe Uribe, que Carballo tenía secuestradas. Aunque en realidad lo que sucedió sea bien distinto. Vásquez nos entrega su propia teoría de la conspiración. Lo que probablemente sea un rasgo muy valioso porque es el escritor tomando posición explícita ante la historia, en la medida en que hace novela. Toda su ficción es su interpretación, ordenamiento, esclarecimiento, seguimiento documental e imaginativo de los hechos que rodean la muerte de Uribe y Gaitán. Dos asesinatos que se cerraron sin que el país supiera quién fue su determinador. Aunque la teoría compone señalamientos que conducen a puntos precisos.

Se trata de la muerte de los dos políticos liberales más peligrosos del siglo XX. Justamente la peligrosidad que obligó a tener que deshacerse de ellos. Uribe, un reinsertado de la guerra de los mil días, que se incorporó a la legalidad y llegó a ser senador y mostró condiciones para llegar a ser presidente. Y Gaitán que en el discurso del 4 de febrero de 1948, a juicio de alguien en la novela, selló su suerte, al decir: "Pero estas masas que así se reprimen también obedecerán la voz de mando que les dijera: ejerced la legítima defensa”. 

 Vásquez cierra con una linda “nota de autor” en la que nos recuerda que todo es ficción. Después de haber escrito toda una novela para compartirnos su teoría de la conspiración (si él mismo no fuera parte de la novela, se podría decir, es la teoría de la conspiración del personaje Carballo). Y así se ampara, como si supiera que al escribir la novela ha de despertar la reacción de los poderes de ese “terreno de tinieblas”, que como lo declara al comienzo del capítulo IX cuando “se da cuenta de que el pasado de mi país me resultaba incomprensible y oscuro”(pag 481). Además porque a partir de su teoría se pueden hacer señalamientos históricos a Salomón Correal, el jefe de la policía en 1914, a Pedro León Acosta, quien había participado en el atentado contra el Presidente Reyes en 1909. Y en el caso Gaitán, a Laureano Gómez, franquista confeso, que tomó posición contra los aliados durante la segunda guerra, y que como Roa Sierra, no ocultó sus simpatías filofascistas, y que naturalmente seguía creyendo, como en 1914, en el liberalismo socialista y ateo.  

Y cierra la nota Vásquez, con un sesgo de ironía soberbia, responsabilizando al lector de las consecuencias de haberse zampado su teoría de la conspiración. Algo así como: lectores y lectoras, si ustedes quieren leer en la Colombia de la Forma de las ruinas, a la Colombia real, háganlo bajo su propia responsabilidad y sin contar conmigo.

¡Gracioso este Vásquez, hombre!

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