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Lágrimas de acero

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El problema de la terminación del conflicto con las Farc, pasa por reconocer un hecho escueto, pero decisivo, que la guerra se perdió. Durante 52 años no se pudo reducir a las Farc, ni cuando eran una suma de campesinos pobres levantados, estudiantes comunistas de las universidades públicas y camaradas moscovitas que inyectaban estalinismo en la yugular de todos los partidos comunistas del mundo. Menos, cuando el narcotráfico arrasó con el proyecto, el mismo que tardíamente Carlos Castaño resintió y que lo llevó a la muerte. La guerra se perdió primero contra la insurgencia campesina, y después con el cartel militar. Fue tanto el tiempo que duró la guerra, que está terminando, que alcanzamos a ver la evolución de las Farc, como quien ve la metamorfosis de un renacuajo. Un engendro monstruoso de los dueños del país, las tierras, la industria y el capital. Un Golem que se salió de madre y que después de cincuenta años, también cayó en cuenta que la guerra se había perdido.

Para el uribismo la guerra nunca se perdió. Por un argumento contundente: jamás hubo guerra. Lo que en términos de bajas, desplazmiento, gasto militar, golpes a la economía, no resiste análisis. Desde luego que se traiciona el uribismo a sí mismo, cuando nos dijeron con el dedo apuntando al cielo, que en un tercer período de Monseñor se habría reducido a los frentes y a los bloques, desarmados se los habría encerrado, acusado y procesado, para que pagasen toda la deuda civil, penal y moral, a la sociedad colombiana. De crímenes de lesa humanidad y de crímenes ordinarios, se podría acusar a todos los miembros de las Farc, desde el Secretariado hasta la última cocinera, son responsables de algún delito, de los miles listados en los códigos.

Santos con menos visceralidad que Uribe, con una visión más realista de la historia y de la evolución del conflicto y sus costos, entendió que una vez perdida la guerra, hay que negociar. Y tal cual lo viene difundiendo la propaganda oficial, es mejor -hoy- una paz imperfecta que una guerra perfecta.

Por cuenta de un palancazo internacional que le dio la política de paz, en un mundo con una vocación desesperada de guerra, Santos se alzó con un consenso mundial a favor del proyecto y de paso le cerró imagen, actualidad, pragmatismo y viabilidad al proyecto uribista.

Es lastimera la pobreza con que los peones uribistas en el congreso objetan el proyecto de paz para hacer frente al plebiscito de refrendación. Que no se va a hacer justicia, dicen. No es cierto dicen los gobiernistas, la jurisdicción especial de paz, se va a encargar de juzgar los delitos atroces y de lesa humanidad. Y se va a juzgar en jurisdicción ordinaria a quienes no acaten el principio de verdad y reparación. Independientemente de que tal cosa algún día se vaya o no a cumplir, es un argumento constitucional contra la pataleta justiciera del uribismo.

Hoy los uribistas no saben si van a votar por el NO, o se van a abstener. Todavía no conocemos la pregunta. Depende de cómo se haga, tendría más sentido el NO que la abstención, o al revés. El NO deberá decir NO al acuerdo para la terminación del conflicto en los términos pactados, entre las Farc y el gobierno. La abstención es el silencio, ni SÍ, ni NO.

El caso es que los editorialistas y voceros uribistas en los medios no tienen un solo argumento para oponerse con fuerza política, con carácter convocante, al acuerdo. Que la guerra se haya perdido, es el más fuerte y poderoso argumento, pero ya no hay de dónde esgrimirlo.

Los uribistas deberían prepararse para el posacuerdo y el posconflicto. Una avalancha de hechos nuevos los van a sobrepasar, nuevos actores políticos, nuevo Procurador, nuevo Fiscal, nuevos mapas políticos, nuevos negocios, el aval y los recursos de toda la comunidad internacional, y en la retaguardia las divisiones vargaslleristas. No la van a tener fácil, y si sus candidatos van a ser, más de lo mismo, la zorra Zuluaga y Carlos Holmes, no pregunten por quién doblan las campanas.         

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