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Último inning de 1984

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Si un novelista hubiera imaginado hace veinte años, una escena como la que sigue, con seguridad se hubiera podido decir, delirante, es pura política ficción.

Martes 22 de marzo, 1:30 p.m. Estadio Latinoamericano en La Habana, 50000 personas. Los Tampa Bay Rays de Florida, contra la novena cubana. En una tribuna preferencial, Raúl Castro, camisa de seda negra y saco gris oscuro, y Barack Obama, en mangas de camisa blanca. En tribuna ordinaria, Timochenko con cachucha y camiseta azul oscuro de beisbolista, igual que Iván Márquez. Todos rodeados de un enjambre de hombres del servicio de seguridad norteamericano, de la seguridad cubana y de la seguridad de las Farc. Mininterior había dado credenciales de ingreso al estadio solo a los cuadros del partido, había prohibido que se llevara cachucha –por aquello del “facial recognition”–, que se abandonara el estadio antes de terminar el partido, y que se gritara. Como si a los cubanos se les pudieran prohibir las apasionadas emociones deportivas, el orgasmo del home run, de la carrera, o del gol. Antiguas órdenes escritas que salen de 1984, hoy en el Caribe, en el 2016. Por supuesto, las credenciales se feriaron, mucha gente llevó cachucha y todos gritaron. Gritó Obama cuando el home run de los Tampa, gritó Raúl, cuando entró la carrera de la novena cubana. Y los colombianos que estaban por la novena cubana. El partido terminó 4 a 1 a favor de los Tampa Bay. Una derrota nítida. La misma que representa para el “socialismo cubano” la presencia de Obama en el estadio Latinoamericano.  Llegamos al último inning de 1984.

En la conversación privada que sostuvieron Obama y Castro, según contó Obama, Castro le dijo que “la economía cubana estaba en un callejón sin salida”. Un callejón que encuentra su salida si USA y Cuba pueden hacer negocios libremente. Nadie más interesado en meter calor al deshielo comercial, que las Cámaras de Comercio de USA y el bureau del Partido Comunista. Una ristra de empresarios norteamericanos que iba con Obama, se reunió con los hombres de negocios cubanos, para que aun sin que los republicanos levanten el bloqueo, se puedan fijar unas reglas para comenzar a hacer muchos negocios. Los cubanos quieren que los inversionistas extranjeros contraten a los cubanos a través de una institución estatal, los inversionistas piden que se los deje contratar libremente.   

El asunto del “imperialismo norteamericano” y del “socialismo cubano” vino a resolverse, cuando al calor de un ron, y con el tabaco en la mano, los hombres de negocios de ambos lados se sentaron a ver cómo podían hacer negocios.  

Que se puedan hacer negocios, es la solución. Ya veremos si Cuba en diez años va a ser la Singapur del Caribe, o la Puerto Rico libre.         

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