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Patria o muerte

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Hugo Chavez Frías, el hombre que hizo del bolivarianismo una religión civil, con Iglesia militante, Papa, excomunión e infierno. Que llevó el patrioterismo revolucionario hasta el delirio de estado. Que enriqueció a su familia más allá de lo que a cualquier familia venezolana. Que mostró al mundo el esqueleto del “venerado padre”, en una caja de madera y en mejor estado que el de un esqueleto de enseñar anatomía, el mismo que dijo haber hablado con su “padre eterno”, y al que preguntó si los restos eran de él. El que hizo que científicos revolucionarios le aseguraran al mundo, con ciento por ciento de seguridad, que el esqueleto era el del mismísimo “padre de la patria”. El hombre que trabajó para ser un mito, Yo el Supremo, emperador de Venezuela, Rey del petróleo, el mismo que cabalgó por el llano con Marx y Jesús, el que ganó casi todas las batallas y perdió la guerra. Él, que más que ciudadanos, más que cuadros, reclamó fieles y leales. Él, como cualquier pastor de garaje, levantó el “culto a la patria” y encargó del ministerio a una ristra de militares con ganas de hacer negocios. Él, el más tropical, militarista, cristiano, creyente y valiente de los líderes. El “líder supremo” con un yo más grande que Venezuela, que ferió un billón de dólares por ingresos petroleros en el siglo XXI. El mismo siglo del socialismo. Él, que no tuvo empacho para decir que quien no fuera chavista no era venezolano. Y que terminó siendo víctima de lo que en Venezuela llaman la “maldición de Bolivar”.

 Como las víctimas de Tutankamon, las de Bolívar, ya hacen lista.  Todas las víctimas tienen en común, como en cualquier novela de Ágata Christie, haber estado presentes en la exhumación –“profanación”– de los falsos restos de Bolívar (Restos, que han dicho historiadores colombianos, terminaron perdiéndose en Santa Marta). Las víctimas son más de las que aquí se mencionan. El diputado a la Asamblea Nacional, Luis Tascón. Alberto Müller, general retirado y líder del PSUV. William Lara,  falleció en accidente automovilístico. Lina Ron, de un infarto. Clodosbaldo Russian, ex Contralor General. Y el más famoso de todos: Hugo Chávez.

 La novela de Alberto Barrera Tyszka, es la novela sobre el fenómeno Chávez en Venezuela, contada en punto de vista plural: la familia donde hay revolucionarios y escuálidos, la familia donde la madre es víctima de todo el miedo del mundo, la familia del escritor desempleado, ahuyentado de los medios, el grupo de mujeres invasoras que baja de la loma a rescatar un apartamento, y desde la perspectiva de dos niños. A la niña le matan la madre en un asalto callejero, y ella sin embargo, pude seguir viviendo un mes en el apartamento, antes de que la familia, los vecinos y las autoridades, se den cuenta que la madre murió.

 Una novela de la vida cotidiana, de apartamento, de trabajo, de ingresos, de muerte, de información. Alguien llega de La Habana en diciembre de 2012 con una caja de tabacos que contiene un celular en el que hay dos videos, que un asistente de su guardia personal, le hizo al Supremo en cuidados intensivos. Con el recurso del video, que se desentraña al final, se alimenta la intriga, aunque se desestima el mayor efecto que hubiera tenido, con un giro de argumento. Alberto encuentra un motor en el “dato escondido” para dar cuerda a la novela.

 En un lindo intermezzo en La Habana, se narra el matrimonio de conveniencia, entre el escritor venezolano y la voluntaria de misión cubana. Un auténtico y brillante punto de giro, que va a dar lugar al desenlace, al menos de una de las historias, la de él mismo.

Bravo por una novela escrita con inteligencia y técnica, reveladora y cierta, voz de voces, con un par de defectos argumentales que no la desinflan, sino que le dan más realidad. Un retrato matizado de la Venezuela de Chávez, que sin miedos ni remilgos, se arriesga en una narrativa rayana a la crónica.

 Patria o Muerte: una de esas novelas que se lee toda en un día, en la hamaca, bajo el mango y con un ron, un viernes santo.    

 

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