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Relatos salvajes

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Relatos o cuentos salvajes es una película argentina rodada en el 2014, producida por los hermanos Almodovar y dirigida y escrita por Damian Szifrón, nominada en la categoría de mejor película extranjera al Oscar. Y naturalmente, con el sello actoral de Ricardo Darín.

Ha tenido todas las críticas que le quepan, de parte de los críticos de Internet, los espectadores, los que ven cine. La crítica tiene un factor común: la violencia. Para quienes la consideran muy violenta, un mal ejemplo, la película pasa por indiscreta, por “mostrona”. ¿Para qué un concierto de violencia desatada? Una mezcla afortunada del espíritu de Sam Peckinpah, Tarantino y Sidney Lumet.

Pero más allá de la inconveniencia de que el cine muestre la violencia, la venganza, de las cuales tenemos suficiente con la vida, me apresuro a reconocer lo que me produjo más emoción fue la forma particular de contar las historias. Las historias, como tal, pueden ser noticia de cualquier diario o noticiero en América Latina. De los relatos salvajes destaco los relatos, las secuencias de acción que dan todo el valor dramático al fresco de seis historias.

Cada historia es una pieza dolorosa, cruda, una herida abierta, una canallada con abogado de por medio, o a cuchillada limpia de vieja anarquista, o de venganza aérea de Pasternak, o de defecada en el panorámico del auto. Todas las porquerías, derivadas del odio, del resentimiento, de un dolor acumulado, o del amor-odio, como en el último episodio, El compromiso, están tan bien contadas, que termina seduciéndonos la porquería. Tan bien contadas que nos pone en condición, de que la víctima o el victimario que somos, se asome a su propio escena durante 120 minutos.

Es una película para que el espectador no despierte o se salga. Envuelve, a pesar del estupor, en un ritmo de violencia perfectamente domesticada, nuestra, completamente nuestra, con estallido, con estrellón, con dinero, sin piedad. Fue el granuja de Rousseau el que dijo “Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía”.

El primer relato, Pasternak, no pasa de una comedia mediocre de coincidencias con final dramático, que no deja creer el recurso por el cual, el desafortunado Pasternak, logra reunir en un charter  a todos quienes en la vida lo jodieron, para que como en el reciente accidente de un avión alemán en los alpes franceses, decida encerrase en la cabina y estrellarse con todos esos hijos de puta que le arruinaron la vida. Creo que es un capítulo disuasor, que quiere evitarnos todo el fastidio que sigue a continuación.

No es una película para gozar, es una especie de corrida del velo russeauniano, en un guión perfecto, que muestra de una manera como solo el cine puede mostrar, el entramado de la condición humana, donde se agitan, entre dentelladas,  los cocodrilos del hipotálamo. 

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