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Plegaria por un papa envenenado

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En la madrugada del 29 de septiembre de 1978, 33 días después de la llegada al papado, apareció en su habitación el cadáver de Albino Luciani, apodado el Sonriente. El Vaticano, sin el beneficio de la necropsia, se apresuró a informarle a la prensa mundial, que la causa del deceso de Juan Pablo I, había sido un infarto de miocardio.

Es el comienzo de una novela. Tiene los ingredientes: un papa, un banco, un encubrimiento, un asesinato. Con un marco excepcional, el corazón del vaticano.

David Yallup, el cronista inglés, se gastó seis años de trabajo para probar que el Sonriente murió envenenado, por una conspiración de banqueros con clerigman, que se arriesgó a matar a un papa, desde adentro, por estrictos y sucios motivos non sanctos. Todo está en su libro, En nombre de dios.   

Yallup, con su primera crónica, Para alentar a los otros, obligó al gobierno inglés a reabrir el caso Craig/Bentley, cerrado veinte años antes. En el animado debate que provocó en la Cámara de los Lores el libro, Lord Arran dijo: “Una de dos: o David Yallup es el peor bribón que ha escapado a la horca en toda la historia británica, o – en relación con el caso – solo ha dicho la verdad y solo la verdad…”.

Evelio José Rosero tenía veinte años cuando todo ocurrió y estaba enamorado, ni se enteró. Reconoce que 34 años después, el tema del papado detonó con el libro de Yallup. Está muy bien que Plegaria por un papa envenenado, una novela que surge de la lectura de una crónica, vaya dedicada a Sonia María Elizabeth y a Fernando Linero. Imperdonable que no se la haya dedicado a Yallup, aunque lo reconoce en un agradecido epilogo.

Rosero introduce dentro del amasijo oscuro de la “trama” en la que se mueven cardenales como sombras, los mafiosos como Pedro por su casa, y los gerentes de diócesis y giros bancarios abultados, tres recursos con los que escribe la novela: el coro de putas veneciano, el descenso al infierno y el laberinto sagrado.

Con las putas ensambla un contrapunto de voces, una alternancia durante toda la novela, corifeos con el que recrea su condición, frente a ellas, que lo conocen y no le mienten, y están dispuestas a la fe.  

En el infierno, el Sonriente habla con los escritores, con quien más. El narrador se pregunta si ¿leyó Luciani a Kafka? “Somos Goethe, Marlow, Dickens, Chesterton, Petrarca, Scott, Twain” le dicen las voces de los escritores en medio de unas tinieblas espesas. ¿Dónde estoy? Pregunta Luciani. Y ellos le responden: “…estamos en el infierno Luciani ¿en dónde más podrían estar los escritores?”.

Y el laberinto le sirve como símbolo, como brújula inhóspita, como perfil siniestro de lo oculto, los pasadizos milenarios que esconden las voces, los secretos, los archivos, y por los cuales termina perdiéndose hasta la muerte. Al comienzo pensó que eran los sueños de un papa recién investido, luego en la más pura vigilia, se incorporó, atravesó la entrada y descendió por los añosos senderos hasta que llegó a lo que yace bajo la gran piedra de Pedro, sobre la que se levantó su iglesia, el infierno, en su más puro y divino estado.

Banco, vaticano, infierno. Las tres moradas bajo las cuales Rosero, con la madurez de una novelista, nos recrea en el efecto que surtió en él la lectura del libro de Yallup. Una experiencia de lectura que desembocó en el mar encrespado de una novela.

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