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Respiración artificial

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Es una novela bárbara si es que se le puede llamar novela. Asumamos que lo es para hacer el comentario. Ricardo Piglia, su autor (1940) es conocido por el teorema de la doble historia. Respiración, es el centro de su carrera, antes están La ciudad ausente y Plata quemada. Y después, Formas breves, El último lector, y la que nos acaba de entregar, después de un receso de más de una década, El camino de ida. Respiración es una bisagra personal en el desarrollo de las novelas de tesis. No es que el ensayo esté debajo del relato, está a su lado, van juntos. Es un ensayo pródigo, que se hace con el recurso de las cartas y las exposiciones, a la manera de Mann en la Montaña Mágica.

Piglia es un bárbaro. Para el año ochenta del siglo pasado, cuando se publicó la novela, ya tenía la tesis. Haber hecho una novela de tesis, en ese entonces, fue mucho más bienaventurado que lo que sería escribirla hoy,  cuando las novelas de tesis son seres ignotos de otra época, y cuando las novelas en papel reducen cada vez más su mercado, sus ventas, de manera que haría pensar que las editoriales de papel están tocando a su fin. Autores como Dan Brown, Stephen King, Coelho y Murakami, están bajando en ventas, de manera proporcional a como se agranda el mercado no formal del libro digital.      

Respiración artificial es un texto en el que se siente que el escritor lo dio todo, todas las voces, todas las generaciones, con la singularidad de un relato sencillo, sobrio, pero ante todo en un tono inquebrantable, sostenido, poderoso. Y con el efecto de generalidad de un ensayo, un ejercicio de construcción de pensamiento, con el que busca mostrar dos tesis. (Conocido es el valor de crítica literaria que le concede Piglia a la novela). La primera es que nadie escapa a la línea de la herencia cultural, nadie escapa al ADN de la saga familiar. Y la segunda, que Mi lucha, de Adolfo Hitler, es la cima del desarrollo del pensamiento burgués en occidente, la apoteosis invertida y lógica del Recurso del Método, de Descartes.

El epígrafe de T.S. Eliot: “Teníamos la experiencia pero perdimos su sentido. Acercarse al sentido restaura la experiencia”, es el código de las tesis, para acceder a la estructura narrativa de la novela, y para la búsqueda de sentido con que un lector podría recobrar la experiencia, a través de un cuerpo de pensamiento muy grande y una línea de acción muy pequeña, que Piglia reúne con el más cauto sentido de síntesis que pueda tener un novelista. La novela fue “concebida como un sistema de citas, referencias culturales, alusiones, plagios, parodias y pastiches (...) es la puesta en escena del viejo sueño de Walter Benjamin ("producir una obra que consistiera únicamente en citas")…".

La primera parte de la novela, esencialmente epistolar, desarrolla una trama de cuatro personajes, de distintas generaciones -el tío, Marcelo Maggi, y su sobrino, Emilio Renzi, el suegro del tío y el abuelo del suegro-, que se mueven en la franja de la historia argentina, entre mediados del siglo XIX y  mediados del siglo XX. El hilo que los une son los escritos del bisabuelo, un personaje maravilloso: político, exiliado en Nueva York, sifilítico, buscador de oro, que dejó una fortuna que su familia invirtió comprando tierras en la pampa después de Juan Manuel de Rosas.

En la forma de hablar los personajes de Respiración, en la primera parte, me hicieron recordar los monólogos y los dictados, de Yo el supremo, la novela de Roa Bastos. El tono natural, ponderado, pero al mismo tiempo brutal y taxativo, con que los personajes enhebran una comunicación que los hace posibles. Los personajes de Piglia se revelan en la confesión, ese mostrarse terriblemente abiertos, o terriblemente cerrados, ante lo cual el enigma biográfico, la falsa pista, el entramado de interpretaciones, hacen pesada la respiración.  

La segunda parte, es una larga, larguísima serie de conversaciones en un club, en la calle, en un salón, en la sala de la casa, entre el polaco Tardeski, discípulo de Wittgenstein, que terminó en Entre Ríos, y Emilio Renzi (el segundo nombre y apellido de Piglia), el escritor, el mismo que va a aparecer en Blanco nocturno.

La escena más memorable de la conversación, es el siguiente relato que Tardeski hace a Renzi, mientras esperan al tío Maggi, que entre tanto se está suicidando. Entre 1909 y 1910, Adolfo Hitler, que vivía como insignificante pintorzuelo en Viena, despareció, huyendo del servicio militar obligatoria que habría de reclutarlo en el ejército imperial. Convertido  en desertor  fue a escapar de la persecución a Praga. Allá, siguiendo el curso de su vida bohemia de “fracasado”, (una categoría ontológica en la segunda parte)  se conoce con el joven Kafka. Se sientan a beber cerveza, Hitler siempre habla, Kafka siempre oye (era algo que sabía hacer muy bien). Hitler le expone la más  delirante fantasía de poder, basada en sus lecturas de la teoría mítica de la supremacía racista germana de Adolf Lanz von Liebenfels, quien fundó la Orden de Varones, con el apoyo de los ricos alemanes, a principios de siglo. “Y Kafka hace en su ficción, antes que Hitler, lo que Hitler dijo que iba  a hacer”.

El triste año de 1924, mientras Hitler dicta Mi Lucha a sus escribas en el Castillo de Landsberg, Kafka muere de tuberculosis en el Sanatorio de Kierling.

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