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El dinero y la nota

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 El sistema educativo tiene cinco perversidades naturales: niños para la escuela en vez de escuela para niños, el sinsentido, la lectura obligatoria, los maestros militares y las notas. Se podría hacer una enciclopedia temática con los cientos de miles de casos que las ilustran.

Hoy solo quiero hablar de las notas. La nota en el sistema escolar, es como el dinero en la sociedad. Un bien de cambio, una moneda, falsa como todas, que alcanza o no a comprar aprobaciones, igual a como la iglesia católica vendía o no indulgencias plenarias.

Que haya notas - pesos – que no alcanzan a comprar, es el origen, tanto en la historia de las notas como del dinero, del mercado negro. El soborno, la amenaza, el chantaje, a quienes dispensan las notas. O al revés, los dispensadores aprovechándose de su condición para conseguir favores. Las notas, son el mecanismo secreto y poderoso, de los resultados de la evaluación docente.

El mercado de notas está por encima de la curiosidad y el aprendizaje, como lo está el dinero, por encima de la honestidad y los principios. Lo que convierte a muchos estudiantes en negociadores profesionales de notas, lobistas de la promoción. Algo opuesto a ese imaginario del estudiante como alguien que va a aprender, a levantar sus propias competencias para apropiar conocimiento. La caricatura versus la idealización.  

La nota es un pasaporte de ascenso - igual que el dinero – que asegura la movilidad en el sistema, es un diferenciador nato entre quienes tienen poca y mucha nota, lo que precipita, los movimientos escolares y sociales de poder. Un grupo escolar en el que la mayoría vaya con bajas notas, tensionará las fuerzas – como se tensionan contra los gobiernos – en una comprensible lucha de poderes, que nada tiene que ver con la enseñanza y el aprendizaje. En la educación privada, un grupo de estudiantes, o de padres, está en condiciones de sacar al maestro. Conocí a una maestra de un colegio de élite, a la que se le canceló el contrato de trabajo porque las madres de los chicos de un grado séptimo, se quejaron de que les había puesto a leer el Decamerón de Boccaccio. Tal como un sindicato saca a un gerente, por haber puesto obligatoria la requisa a la salida de la planta.

La paradoja abstracta de la nota es que no mide nada que sea indispensable de medir. Resultados dirán las oficinas pedagógicas de las instituciones privadas y públicas. Pero resultados que no revelan, no pueden revelar, el estado   del aprendizaje, que es lo indispensable.

Muchas instituciones educativas que conozco no saben evaluar, carecen de un buen modelo evaluativo, de criterios y prácticas, pero eso sí, tienen un sistema de notas perfecto, como que cada vez que se producen el sistema las remite automáticamente al correo del estudiante. Como se remiten mensajes del operador telefónico al celular de sus abonados, o los extractos bancarios a los cuentahabientes.   

Memorizar para el examen, hacer fraude, mero sentido común, casualidad, suerte, o caerle muy bien al profesor, son prácticas que se le abonan a la nota, como medidor de resultados. Un problema institucional de imaginación, es lo que ha hecho que el sistema educativo no haya podido abolir la nota, falta de voluntad pedagógica desde luego,  para reemplazarla por una certificación de competencia comprobada. La competencia se tiene o no se tiene.

No sería necesario evaluar a los docentes directamente, con lo que nos ahorraríamos tantos dolores de cabeza (las huelgas más prolongadas de profesores en Inglaterra han sido por el modelo de evaluación docente), bastaría evaluar bien a los estudiantes para saber si el profesor enseñó lo que tenía que enseñar o no.  

Podría ser que no estuviéramos “midiendo” lo que habría que medir, si es que el aprendizaje es susceptible de medirse con una elemental escala de uno a cinco, de cero a cien, o de la A a la Z. Es el mismo problema que se le presentó a la economía, al tratar de medir el valor incorporado a un producto por el trabajo, en términos de una elemental escala de centavos y pesos. 

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