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Siria: la presa de guerra

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En la Casa Blanca ha habido demasiadas ires y venires en la última semana, tráfico alto de llamadas, encuentros especiales, que estarían sugiriendo divisiones en el gobierno por cuenta de la tensión global de fuerzas que se está cerrando en torno a Siria. Entre los partidarios de una acción más agresiva —entre ellos el secretario de Estado John Kerry— y los que todavía se la están pensando, entre ellos, Obama. Ha recibido solicitud directa de Bill Clinton para que intervenga. El Senador John McCain, líder de bancada, ha hecho saber que los Estados Unidos deben armar a los rebeldes ya.

¿Pero cómo es que solo hasta ahora se inquietan tanto en Washington por un asunto de lesa humanidad desde el comienzo? Como si por una circunstancia – noventa mil muertos – a los generales y a los políticos – como en las películas – les hubiera llegado el momento en que deben decir: ¡es la hora!

La respuesta oficial que hace prever la pronta intervención directa, es que al haber utilizado armas químicas, contra la población civil, Bashar Assad ha cruzado la frontera, encendió la alarma roja, como lo hizo en su época Sadam Hussein. Se puso, desde la perspectiva de la política norteamericana de intervención, como objetivo. Que de no haber utilizado armas químicas, hasta donde efectivamente está probado, no habría habido tanto ajetreo, esta semana, en la Casa Blanca.

Siria es el lugar del encuentro de fuerzas en condiciones de repartirse el mundo, como perros de guerra. Un ajedrez en el que se puede sacrificar el pueblo, para que el juego siga. Las fuerzas han terminado de alinearse. Con Assad está Putin, le provee de cohetes, misiles, armas pesadas y dinero. Está Irán, la fuerza fundamental, su servicio de inteligencia y su retaguardia tecnológica, y Hezbolá, con asiento en Líbano, encargado del frente israelí y turco, el trabajo directo. De lado de los rebeldes, están los Estados Unidos y Al Qaida, y se da por descontado que la Otan.

Las fuerzas que se disputan el mundo, como hace cincuenta, cien, dos cientos, tres cientos, mil años, se están mostrando los dientes, alrededor del botín, un lugar donde vive gente. Dos bandas de perros rabiosos que van por la misma presa. Pero no se disputan petróleo, accesos estratégicos, riquezas, honor, fe, apenas se están jugando una casilla en el tablero asiático.

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