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Jiu Guo

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El título de la novela, Jiu Guo, traduce literalmente “país del alcohol”. Que con romanticismo bohemio se tradujo al español, como “La república del vino”. Jiu hace referencia a todas las bebidas alcohólicas. La que se bebe en la provincia natal de Mo Yan, Shandong, es el Mao tai, un vino de 120 grados hecho de sorgo y cereales.

¿La China de Mao alcohólica y antropofágica? Mo Yan publica por primera vez su novela en la época del deshielo rojo, en Taiwan, 1992. Diez años después se incluyó en una compilación oficial, con el título de Mingding guo.

Mo Yan reconoce que le debe a Faulkner y a García Márquez. Del primero aprendió que la palabra es como el alcohol, embriaga, del segundo, que no hay que cuidarse de la fantasía. La historia es un doble relato, el primero, el de un investigador delegado de la Procuraduría – Ding Gou´er -  que va a la provincia del vino a investigar un posible delito de antropofagia de bebes. La otra historia viene en una correspondencia. Cartas que Li Yidou, un aprendiz provinciano de escritor, le escribe al gran escritor, para que lo lea y le ayude a publicar en un periódico oficial. Le envía cartas, en las que le incluye cuentos largos, seis en total, que terminan modificando la novela de Mo Yan.

En el antepenúltimo capítulo una primera persona se refiere a Mo Yan. Un doble diferenciado que declara que no siente más que asco por Mo Yan. Aunque se confunden entre sí. “No he salido de Bei Jing durante casi diez años, envuelto en la piel del escritor Mo Yan”, dice.

En el último abandona la puntuación y deja que todas las voces hablen. Diez cuartillas de monólogo interior con Mayúsculas a lo Saramago. En la mitad se detiene y alguien exclama: ¡Maldita sea alguien dirá que estoy imitando a Ulises…! ¿Pero a quién importa?

Baah, acaso no dicen que los chinos se comen todo lo que se mueve. Las fábulas de Mo Yan, en las dos historias, son como las fábulas de la antigüedad china, es mucho más lo que ocultan que lo que revelan. En el ocultamiento fantástico está el veneno. Un veneno que hoy se puede vender y por el cual unos respetables ancianos de la Academia Sueca, le colgaron el premio Nobel al chino.

¡Hay que leerla! Para imaginar al viejo Mao revolviéndose en su momia. Pero también para tomarse un trago largo por la novela de Mo Yan.

 

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