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Tauroética

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Fernando Sabater es como los auxiliares de cocina, sirve para todo. Opina sobre todo. Como aficionado a los caballos escribe un libro sobre caballos. Como aficionado a la ética escribe un libro para su hijo. Como aficionado a la parodia escribe un libro de variaciones de novelas, de algún modo precursor del fanfics. Como aficionado a los toros, ahora sale al ruedo, con un libro sobre toros y ética. No, no es como los auxiliares de cocina, es mucho mejor.

Lo que Sabater hace, no es una defensa de los toros. La única legítima defensa solo la harían ellos mismos, pero no la pueden hacer. Son unas pesadas criaturas movidas por una masa bruta de agresión, que viven como reyes en la dehesa durante cuatro años, a cambio de padecer públicamente los últimos quince minutos de vida.

Le incomoda a Sabater que cualquier visión que se tenga sobre los toros se convierta en un intento de moral pública. No se es moral o inmoral por el hecho de gozar o condenar la fiesta. La prohibición en Cataluña, no es un asunto de defensa de los toros, es una estrategia nacionalista. Se prohíben las corridas, pero se prohíja el correbous.   

El toro de lidia es un animal creado por el hombre, igual que el caballo de carreras o el pastor alemán. Es una creación racial con fines prácticos, para atacar, para correr, o para guiar a un ciego. El toro bravo es un privilegiado, comparado con los terneros, las vacas adultas, los toros comunes y los bueyes. Solo entre un tres y cuatro por ciento de ellos va a las plazas. Como raza son unos privilegiados, le darían envidia a cualquier torero.

“Yo firmo, si me dicen que solo voy a vivir quince minutos malos” dice Sabater. La vida del toro de lidia es la mejor que un animal pueda tener. Así que la crueldad presunta se relativiza, aunque siga habiendo complacencia en el dolor. Sino para qué la muerte.

Si un ser de otro planeta llegase de repente a la tierra y viera a un hombre clavándole su espada en el lomo a un animal que no va a comer, se preguntaría ¿Y esto a qué viene? No, sino es por hambre - respondería el hombre - es por diversión. Y si el ser de otro planeta dijera, si yo la mato a usted, también podría ser por diversión.

Sabater descubre que los animales reales no son los de Walt Disney, humanizados a punta de mermelada. Son criaturas que cumplen un destino fabricado por el hombre. En esa medida la fiesta es una simbolización recreativa de las relaciones entre el hombre y el animal.

Sabater no tiene mascotas. Los únicos animales en su casa, son él y su mujer (dicho por él mismo) Todas nuestras relaciones con los animales están sujetas a simbolización, no es noticia. El asunto es a qué clase de simbolización apelamos para tratar con ellos. Carl Sagan dice que si las plantas son nuestras primas, los animales son nuestros hermanos. Nuestro genoma difiere del de el cerdo, o el del chimpancé, en menos de un uno por ciento.  Si la naturaleza nos ha hecho tan cercanos, la humanidad no podrá separarnos, lo que éticamente nos compromete, precisamente en el sentido que Sabater da a la ética, la relación de unos con otros. La bioética, la tauroética y la homoética, son todas, principios de relación entre criaturas en condiciones de cultura.

De la batalla entre toro y torero Sabater entresaca cierta estética, un cierto arte, agilidad, talento, destreza, lo que bien le viene como argumento con el que sustenta una tradición, como la de la ablación, la lapidación, la reducción del pie de las chinas, la circuncisión, la crucifixión, y el matoneo. Aunque no todos se reclamen como un arte, están dotados de una estética. Insípido argumento al que apelan todos los defensores de la fiesta.

Si se quita el acto de muerte a la corrida, concluye Sabater, se le quita todo sentido a la fiesta. Sin la muerte, dejaría de ser corrida para volverse acto circense. Él no quiere circo, ni pan, quiere muerte. 

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