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La posibilidad de una isla

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La menos fúrica de las novelas de Houellebecq. La menos retadora, la menos impertinente, la más púdica, donde la ciencia ficción es una antigualla de los años sesenta. Una novela que demuestra que el autor se agotó. En la que el espíritu francés, si es que hay un espíritu francés hoy, aparece convaleciente por el tedio del apocalipsis europeo. De La posibilidad de una isla, se ha dicho lo anterior y cosas peores. Pero aún así, cuando se es capaz de agotar 420 páginas en tres días, es porque hay algo en el embuste, capaz de tocarnos duro y hondo.

La construcción de personajes parte de la elaboración de dos humoristas – Daniel y Gerard - que ya no hacen humor, y de un perro, el mismo Fox que muere tres veces. De otra parte, el reparto femenino: Isabel que cree en el amor pero no en el deseo y Esther que cree en el deseo pero no en el amor. Daniel necesita de las dos, porque cree en el amor y el deseo. Isabel muere y Esther se va para siempre.

El entramado de ciencia ficción es secundario en la novela. La dosis de realismo sucio que se regodea en el caso de un sujeto con la “enfermedad europea”, es suficiente para leer la novela. Es un retrato hablado del cuarentón europeo, una biografía del hombre maduro francés, del humorista agotado, del rico que no soporta Francia y se larga a España, al que no le va bien ni en el amor ni en el deseo, un hombre aburrido que se refugia en una secta que promete la vida eterna, en la cual él no cree. Víctima de un vagabundeo solitario, con promesas de proyectos que nunca se hacen, una ausencia permanente de sentido, desarraigo, carencia de familia, mucha tecnología, mucha, poca imaginación, poco humor. Al único que puede querer Daniel es a su perro que se le muere tres veces en la novela. “En cuanto a mí – dice el último Daniel – continuaría, en la medida de lo posible mi oscura existencia de mono mejorado”.

Lo de ciencia ficción es sencillo, la novela trabaja con el recurso de la clonación neo humana, en la construcción de una sociedad futura en donde la humanización, en el peor sentido de la palabra, ha dado continuidad genética a la especie, tras una catástrofe nuclear y natural – un 2012 – que dos milenios después deja a España convertida en una lisa y escarpada ladera cubierta de ceniza gris. Daniel y Fox son clones que entran al escenario a lo largo de la novela. Los detalles, son juegos pobres, arandelas que bien pueden saltarse en la lectura.

¿Se puede ser más francés que Houellebecq? Tiene una cierta vulgaridad a lo Balzac. El exhibicionismo moralizante de Sade. El tedio dramático de Baudelaire. El didactismo de Malraux. Tiene la soberbia propia del francés urbano, un cierto autoritarismo mediático, que se filtra como espíritu manifiesto de la obra, tiene el sectarismo de los solitarios. El Houellebecq de las tres primeras novelas escupe y alecciona, a la manera de Celine; En La posibilidad de una isla es bergsoniano, juega con el vitalismo, la vida, el cambio, la muerte como deterioro cíclico del élan, hasta el fin.

La escritura de Houellebecq, en La posibilidad de una isla,  representa una rebeldía atenuada, una atemperación deliberada de la prosa, si se compara con la prosa fúrica de Ampliación del campo de batalla (1994) y Las partículas elementales (1998). Es menos evidente su reacción contra el clasicismo literario. Toda su prosa ha sido un alegato contra lo bello escrito. En La posibilidad de una isla, algunos párrafos terminan tan accidentalmente como comienzan.

 El clasicismo se ha mantenido fijo en una certeza: la frase es la unidad de la escritura, más en consonancia con los gramáticos que con los estilistas, de ahí el culto a la orfebrería flaubertiana. En La posibilidad de una isla, Houellebeck se muestra mucho más preocupado por cultivar una prosa de párrafo, una estructura de mayor complejidad y mayor extensión estilística, que elabora con pasión y sinceridad el trasfondo de las voces de sus primeras personas.

Si Saramago en La balsa de piedra, hizo que España se desprendiera del continente y fuera la deriva en un mar lejano, Houellebeck, en La posibilidad de una isla,  hace que España se convierta en un desierto inclinado de ceniza gris, que se precipita a un mar que se ha retirado del continente y no tiene oleaje.

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