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El guardián del vergel

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De la primera novela de Cormac McCarthy en 1965 la crítica norteamericana dijo que desde su aparición se había convertido “en un clásico de la literatura estadounidense”. Apareció editada por el mismo editor de Faulkner quien había muerto dos años antes. Una extraña forma de configurar lo clásico como una medida del éxito. Pero aun sin debatir el sentido del clásico, que se endilgó a McCarthy en su primeriza novela, debo decir que me costó un trabajo endemoniada terminarla. A pesar de que la leí mientras estaba atrapado en un aeropuerto, sin tener nada más a mano. De no haber sido así, tal vez no la hubiera terminado.

La trama es simple. Marion Sylder  mata al padre de Wesley Rattner. Ninguno de los dos lo sabe. Ambos junto al tío de Rattner se meten en el problema de la distribución clandestina de licor. Los dos primeros capítulos son un desastre de escritura. El original posiblemente está cargado de ruido narrativo y descriptivo. Es un texto sobrecargado que hace difícil seguir la aventura. Hay demasiados silencios, un ritmo demasiado sincopado, es decir, de acentos invertidos. Se describe más de lo que se narra, la narración es oscilante, se difumina hasta perderse y vuelve y saca la cabeza, sin agarrar, sin prender en el suelo del entusiasmo lector, sin acicatear la curiosidad, sin promover el riesgo.

Y la traducción  de Luis Murillo Font, es algo menos que un desastre. Son dos capítulos literalmente mal escritos, mal traducidos, de trama eclipsada, que reduce el interés hasta el fondo. Es una novela retórica, en el sentido de cantidad. Una descripción hiperbólica y una narración encapsulada.

Pese a lo anterior la novela de McCarthy deja ver su capacidad de describir poéticamente el paisaje, es un conocedor de la naturaleza, juega con el color, la vegetación y el cielo, de buena manera. Y su sensibilidad para el manejo de la precisión y economía del diálogo, a cuya maestría llegó en La carretera.

El Guardián del vergel es una novela de aprendizaje, muy ruda en su tonalidad, salpicada de baches narrativos, de huecos de acción, con una redacción ruidosa y víctima de una traducción bizarra.

No pudo haber sido clásico el autor en su primera novela. Los rasgos sobresalientes de su madurez apenas le llegaron después de su trilogía de la frontera.   

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