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El último encuentro

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 En El último encuentro, Sándor Márai revela un cierto grado de parentesco con el Rainer María Rilke de los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, en donde Sartre encontró ese expresionismo con el que decoró su Nausea. Con el Musil del Estudiante Törless, con el Döblin de Berlin Alexanderplatz, pero ante todo con el Broch, de Pasenow o el romanticismo.

Malte, Törles, Biberkopf, Joachim y hasta Samsa, tienen algo que Márai introduce en su General y en su Konrad. El reparto del Último encuentro es el mismo de Pasenow. Joachim es el equivalente al General,  de 75 años, que vive con su nana de 92. Von Bertrand es Konrad, y Ruzena es  Krisztina. La misma estructura de reparto, y el mismo conflicto, que en el Werther de Goethe: Werther, Lotte y Alberto.

   Pero no solo los personajes están emparentados por una estructura de relato triangular que coincide en una base común: el amor y la amistad. No solamente por la atmósfera común de extrañamiento, de cierta tranquila ausencia en los personajes, cargados de paradojas, de misterios cotidianos, de sacrificios éticos profundos y de un grado de neurosis ejemplar. No solo por el aire lúcido de la conversación, por la finura de la reflexión de los personajes, que parecen cumplir todo su destino, en la medida en que cazan perfectamente en el tamaño de su tragedia. Están emparentados además, porque aun apreciando que todos hacen lo que tienen que hacer, jamás logran certidumbre.

El último encuentro tiene veinte capítulos. Más de la mitad del libro, desde el capítulo diez, está ocupada por un monologo exterior que el General le dirige a Konrad, que ha regresado de los trópicos después de 41 años, diez después de que hubiera muerto Krizstina. Un monólogo que intenta hacer dos preguntas, el General necesita confirmación, certidumbre. Pero al final descubre que ha hecho mal las preguntas. No importa, le dice a Konrad, yo sé las respuestas, que después de beberse un par de botellas de vino, le dice que no pensaba responderle ninguna pregunta después de 41 años.

Se despiden de mano, Konrad sale al frio de la madrugada austriaca, a la calzada del palacio, donde una calesa lo espera.

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