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De cuernos y derechos

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Es posible que los toros tengan alma. Y posible que los toreros también. Si hasta la edad media, las mujeres no tenían alma, es posible que en la globalización del siglo XXI, la psicología animal descubra el alma de los cornudos. En tal caso los defensores de los derechos de los animales tendrían un argumento tan fuerte, como el argumento de que los indios también tienen alma y por tanto no se los puede salir a cazar, como quien caza chigüiros.

Que Cataluña haya prohibido las corridas de toros a partir del 2011, envalentonó a las huestes anti taurinas y alertó el alma festiva de los taurinos en el mundo. Alfredo Molano, Antonio Caballero y César Rincón, han sacado a bailar un argumento cultural fuerte para la defensa, el de la tradición, que tanto tiene que ver con la identidad.  El argumento es: no es democrático prohibir las tradiciones populares de los pueblos. Molano se encarga de aclarar, que la defensa, no coincide para nada con el punto de vista de Tradición, Familia y Propiedad.

Los defensores, con su argumento, se ponen en una posición demasiado conservadora. Me pregunto, si toda tradición, por ser tal, debe respetarse, prolongarse y defenderse. Es una tradición el asesinato, el robo, la mentira, el engaño, la demagogia, la pólvora, la monarquía, el contrabando, la piratería, la ablación, la lapidación. Desde la Biblia y las Mil y una noches, se consagraron como tradición en la historia de todos los pueblos. ¿Y acaso deben defenderse para prolongarlas? Una buena parte de la modernización democrática consiste en abolir tradiciones que no son compatibles con el proyecto de sociedad moderna. Esa sociedad abierta, plural, democrática, que garantiza de hecho los derechos a todos por igual.

Los detractores de la fiesta invocan a favor los derechos de los toros, el derecho a no tener que morir ahogados en su propia sangre, el derecho general a que el dolor de ninguna criatura viva sirva de espectáculo de nadie. No tenemos el derecho de infringir dolor a ninguna criatura, con alma o sin alma. Es tan altruista el argumento, que no ha faltado quien sospeche detrás de él un inmenso fariseísmo.

La fiesta no atenta contra ningún derecho fundamental, dicen los defensores. Y desde luego, tiene razón, el derecho de los animales no está consagrado, luego no puede atentarse contra él. Lo que a hoy existe es la prohibición internacional para la caza y pesca, de algunas especies. Prohibición que las empresas de alimentos violan todos los días. Por lo demás, en todos los mataderos del planeta, se siguen sacrificando vacas, toros, bueyes, ovejas, llamas, camellos, caballos, burros, gallinas, micos y peces, de la manera más dolorosa, “inhumana” e industrial, que cualquier defensor pueda imaginar. La vida de los pollos criados con luz 24 horas, sin espacio para moverse, con sobredosis de esteroides, o la de los cerdos industriales con droga anti estrés, para que no dañen la carne cuando perciben la cercanía de la muerte, es mil veces más cruel, más prolongada en la sevicia con que se los ceba, que la muerte transida de un miura en las Ventas.

Los defensores de los toros, tendrían, para ser completamente consecuentes, que luchar por la prohibición de la muerte de todas las especies animales, que sufren antes y durante la muerte. Y no sabemos aun, mientras no se dirima lo del alma, si después también. 

¿Pero qué coños es lo que tanto les gusta a los taurinos? ¿El arte del torero y la reciedumbre del ejemplar? ¿O el hecho de la muerte? Si los taurinos son como los paganos que atestaban el coliseo romano para ir a complacerse en el espectáculo de leones africanos comiéndose unos desnutridos cristianos, si es la muerte la que los convoca y excita, la muerte su motivo, su catarsis colectiva, no hay nada que hacer.

Si el alma de la fiesta brava, no es la muerte del toro como tal, sino el arte de enfrentarlo con maestría, un punto de acuerdo, en el que se respetaría tanto la tradición popular como el derecho animal, sería consagrar como única modalidad de fiesta brava, donde existe la tradición, el toreo portugués: sin muerte y con fado en vez de pasodoble.

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