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El turno del escriba

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 No son muchos los libros que hoy me causan la deliciosa ansiedad de otras épocas, que me obligaba a salir de casa para ir a la librería. Aún así, cuando en marzo del 2005, leí en un diario argentino, una entrevista a Graciela Montes y a Ema Wolf, por el recién concedido Premio Alfaguara, sentí una gana grande de salir a buscar el libro. No lo hice en ese momento, y pasó mucho tiempo antes de que llegara a mi propia librería. No podía ser más atractiva la historia que prometía El turno del escriba. La de un libro – en formato diario – que el veneciano Marco Polo, relató a Rustichello, el escriba pisano, tras haberse encontrado ambos en una misma mazmorra genovesa en el 1298.

Yo conocía los diarios de Marco Polo, las aventuras de un viajero europeo, el primero que llegó a la China, pero me conmovía que alguien – dos encantadoras señoras a quien había conocido antes del Premio – me contaran cómo fue el dictado, los pormenores de esa íntima relación de la palabra, entre quien la dice y la escribe, en una sucesión difícil de acuerdos y concesiones, solo merced a las cuales llega a ser posible el libro. Rustichello, con las mañas propias de escritor y editor, hizo sutiles y vulgares arreglos a la versión oralmente referida, enmendaduras y remiendos, y en veces agregados, convencido de la necesidad de que el relato resultara noble y verosímil. Marco Polo protestó por lo que consideró intromisiones indebidas, pero Rustichello, además de haber recogido la versión, transcrita clandestinamente en medio de las más difíciles condiciones, fue también el editor de la crónica fantástica- a la que dividió en tres partes - de un viaje que sin salir del mundo, llevó a Marco Polo, a otro mundo.

Pero cuando llegué a la página cien y todavía no comenzaba la historia, sentí indignación profunda de lector. A cambio de novela, había recibido, en buena prosa, un cuadro casi etnográfico de costumbres de la Génova del siglo trece, una descripción amanerada y larga de su cotidianeidad mundana, la del puerto, la prisión y la vida en las calles. Una prosa que aun habiendo sido destilada cuidadosamente a cuatro manos, no me evitaba sentirla cargada, lenta, a veces amanerada,  regodeándose a expensas del lector, en una recreación engolada de la cultura urbana, en el mismo escenario donde unos poderosísimos personajes se despilfarraban, a costa de las bajas pasiones literarias, de un par de escritoras, a las que la historia se les fue de las manos.

Creo que con pocos libros había sentido tanta y aplastante frustración. El desocupado placer de dar vueltas eternas en el escenario, sin arriesgarse a la acción, el devaneo especulativo de las prosistas, su engolosinamiento con la cultura, les impidió avanzar, contar, contar, lo que se esperaba de ellas. El resultado es una novela pretexto, a la que le sobra la mitad. Descorazonadora por su falta de alma, por la falta de complicidad narrativa de las autoras con los personajes, por la falta de corazón con que la pareja que escribe desde el siglo XXI, se ocupó de narrar desde las tripas, el modo como esa otra pareja de prisioneros en el siglo XIII, escribió en la misma celda, en compañía de un imbécil.

Montes y Wolf no actúan como novelistas, lo hacen más como historiadoras, etnógrafas de ocasión, que se ocuparon de visitar todos los centros, universidades, museos,  archivos, institutos, a los que al final agradecen, para rastrear la cultura italiana de la época, con la que enajenaron la novela. Qué pálido resultado es, El turno del escriba, a gusto de un lector dispuesto a dejar que una novela arrase con su corazón ansioso.

No deja de sorprenderme que siendo una novela a cuatro manos, no se encuentre en una sola página, trazo del zurcido, el más mínimo bache, que interrumpa la unidad de estilo, que las dos argentinas encontraron para escribir lo que debiera haber sido una gran novela.

Casi dos meses me tomó terminar algo más de 250 páginas, que en otras condiciones no me hubiera llevado más que un par de tardes. Casi no puedo terminar el engendro etnográfico premiado por Alfaguara. Si lo hice, fue solo para concederle legitimidad a mi disgusto. Fui por lana y salí trasquilado.

 

 

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