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El Segundo Disparo

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El primer disparo basta, cuando el tirador es bueno,  tratándose de armas de fuego. Tratándose de armas simbólicas, como las palabras, el primero casi nunca acierta. Porque la vanidosamente calificada  “creación literaria” no es una creación instantánea, como las de Dios, sino que se parece más a una larga carrera de obstáculos, que bien puede prolongarse mientras se prolongue la vida útil del escritor.

La dificultad en la carrera de obstáculos, con la que comparo la escritura,  podría ser inversamente proporcional al talento. ¿Pero qué rayos es el talento? ¿Ese proyectil misterioso, inasible, que actúa como una carga prodigiosa de imaginación y trabajo? Porque se es talentoso, no solo porque la imaginación vuele, sino porque hay alguien que trabaja, alguien que consigue el milagro de hincar la imaginación a un papel o a una pantalla.

Esta cosa de escribir en un país donde la mayoría no lee, no deja de ser un sueño aislado, una práctica que consiste en enviar mensajes en botellas, que durante años tiramos desde la isla solitaria del oficio, hasta que un día llegue  a manos de alguien, en una costa extraña.

El Segundo Disparo – editado en enero de 2010 -  es el primer resultado del trabajo del segundo ciclo del taller de escritura creativa Écheme el cuento, de Renata – la Red nacional de escritura creativa del Ministerio de Cultura – el Banco de la República y la Fundación Casa de la Lectura. Es el trabajo del 2009. Lo grave es que aproxima a los autores a comprender más de cerca, el endemoniado compromiso de escribir para seducir alguna vez a alguien. El maestro del taller Stephen King nos lo recuerda: ¡escribir es seducir!

El libro se debe a lo que hablamos, a lo que leemos, a lo que tachamos, a lo que inventamos y a lo que reescribimos. Es esa feliz combinación de deliciosas locuras que se han puesto al servicio de la ficción. El Segundo Disparo   tiene  el innoble defecto, de desnudarnos en nuestra propia escritura, aunque eso en el fondo es  lo que le interesa a cualquier lector. Se trata de una selección de doce autores y treinta cuentos, calificada por uno de ellos como una pequeña antología de “horror costumbrista”. Eso es todo, cuentos sin concesiones, sudorosos, hormonales, cínicos, violentos, divertidos. Para escribirlos los autores debieron golpear, caer, levantarse, ensayar, repetir, borrar, limpiar. Ignoro después de lo que hemos sido capaces,  cuántos de los autores que hoy se publican por primera vez, y de los ya publicados, sigan en la carrera de obstáculos.

Quisiera pensar que todos se han auto condenado al trabajo más solitario del mundo. Si alguno de ustedes es capaz de terminarse el libro, o siquiera un puñado de cuentos escogidos a gusto, sus autores habrán cumplido el primer y más importante designio que les traza su condena, atrapar a alguien. La única gracia de la literatura.

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