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Pandemia

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Era la época en que los intermediarios de los pintores iban buscando mujeres que quisieran posar. Las invitaban al bistrot, les proponían, hablaban de dinero y luego no sé qué. Ellas terminaban empelotas en los estudios de bohemios, pintores, aprendices, granujas y proxenetas. Se desnudaban a contraluz de la claraboya, mientras el artista pasaba días mirándolas, sin quitarles el ojo, para obtener una reproducción al óleo que pudieran vender.

También se las conseguía para grupos, en las academias de pintura. Se les remuneraba un poco mejor aunque eran objeto de muchos más ojos. Tenían que conservarse, como las estatuas humanas que hoy se levantan en las esquinas de las grandes ciudades de América Latina, para ganarse la vida.

Cuerpos apretados entre sí, contiguos,  como un denso claro dantesco de carnes a mitad del camino de la vida, tal cual si la foto hubiera salido de la lente de un Gustave Doré. Las multitudes me abruman, y más si son de mujeres. Aún así, en lo profundo de mi habitación  puedo exponerme a ellas, sin mayor riesgo, los medios me las vuelven espectáculo. Puedo alarmarme artificialmente, mientras pasan la Peste de Daniel Defoe.

El océano de cuerpos me produce una emoción surrealista, un mar quieto de cuerpos vivos desde donde se ve a Maldoror guiar su barca a través del lago. O, la de un balneario de cuerpos blancos barridos bajo la alfombra, como el que Felisberto Hernández vislumbró durante la desvertebración de los bachilleres belgas. Porque, una es la mirada desde detrás de la cámara, y otra, la que se hace desde el mar de las mujeres. Si yo fuera el hombre que mira detrás de la cámara, como Spencer Tunick, no tendría más opción que sentirme poderoso. A todas las cité, y casi todas vinieron, se desnudaron y posaron para que las viera.

Y si pudiera ser una entre mil, de las que yacen en la superficie del océano, me importaría un culo el fotógrafo.


 

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