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La guerra sucia del posconflicto

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Después de los acuerdos de paz en cualquier país se produce un fenómeno de reacomodo de las fuerzas violentas que quedan por fuera del proceso. En Colombia desde enero de 2016 se han asesinado a 311 personas y desde la firma de acuerdo, a 159. Todas ellas tenían algo en común, eran reclamantes de tierras, víctimas del conflicto, defensores de derechos humanos o querían hacer política, acogiéndose al clima abierto por el proceso de paz con las Farc. La mayor parte de víctimas se concentran en los cuatro departamentos de la Costa de Pacífico, donde precisamente ganó Gustavo Petro en las elecciones.

La guerra sucia posconflicto se anunció desde hace más de dos años cuando comenzaron a caer los llamados líderes comunitarios -campesinos, maestros, trabajadores, pequeños propietarios- sin que haya habido una respuesta clara y contundente del Estado. Por el contrario, todos los muertos han venido a engrosar la gran galería de la impunidad.

Hay dos cosas muy graves alrededor de los hechos, que no puede imaginarse sin un patrón, un direccionamiento que hace pensar en dos cosas. En primer lugar que hay una especie de franquicia permanente para los grupos a los que se responsabiliza, paramilitares, elenos, narcos y delincuencia organizada, frente a los cuales el Estado, a pesar de sus declaraciones, no ha podido ni puede hacer nada. Las víctimas no encuentran en nadie, el apoyo para hacer valer el derecho a la vida. No hay forma de parar a los asesinos.

En segundo lugar, que la oleada de crímenes del último año en el cual cada cuatro días asesinan a alguien, sea la bienvenida temática al gobierno del Dux. No exactamente porque el nuevo gobierno de alguna manera haya promovido el exterminio, sino porque sus autores actúan bajo la creencia de que el nuevo gobierno se hará el de la vista gorda. Bastaría pensar en los dos gobiernos de Monseñor para comprender  que semejante hipótesis, por desgracia, tiene asidero.

Imelda Daza, una anciana de 70 años, ex fórmula presidencial de Timochenko, declaró hoy, que está pensando volver a su exilio sueco. En este país, dijo, están matando a la gente por el delito de pensar distinto. Cualquiera que no piense como el Centro Democrático, corre el peligro de ser eliminado.

¿Cómo habrá pensado el Dux consolidar la paz, olvidar las diferencias y pasar la página? Nada de lo que ha dicho hasta ahora tiene sustancia, credibilidad. Sus auténticos designios como Presidente no los conocemos.

Nada hace pensar que la ola de crímenes se va a detener. Porque no hay quien los detenga.  

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