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El nido de la serpiente

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El nombre de Pedro Juan Gutiérrez se asocia con el de un disidente que no puede vivir sin Cuba. Un escritor que no necesita, ni quiere  hablar mal de la sociedad, del régimen, del estado, de la revolución; él va como un cronista callejero caminando por las calles, los parques, el malecón, los edificios, las habitaciones, los baños y las terrazas, que son el ombligo de su Habana. Viéndolo, escuchándolo, oliéndolo todo. Para luego escribir, sin pretender hacer literatura.

Pedro Juan y Leonardo Padura no podrían vivir en otro lugar que no fuera La Habana, la nostalgia los mataría, no son sin esa ciudad, que han contado en miles de páginas. Se deben a ella. Sus obras ganaron el interés internacional de lectores y editores; salieron de la isla y son leídas por miles de personas en el mundo.

En El nido de la serpiente hay un “viejo truco” que consiste en utilizar el material de la vida del autor y de la de quienes en algún momento de la vida se le cruzaron, y hacerlo pasar por ficción, para evitar caer en la vanidad extrema de la autobiografía, o como un recurso para no tener que responder civilmente. Poquísimo importa si es un encubrimiento con la ficción, una crónica o un cuento.

Y el recurso primero de la autoficción de Pedro Juan, la primera persona. La misma fuerza fluida que arrastra al lector, con la primera persona de Bukowski, Miller, El extranjero, La Náusea, Viaje al fin de la noche, El Pozo. La confesión, la cercanía, la falta de escrúpulos al compartir nuestra propia luz y nuestra propia oscuridad, el exhibicionismo íntimo, el regodeo de la privacidad extrema, la confesión desamparada, la falta de intermediario narrativo. El autor y el lector a solas. En un cuerpo a cuerpo en el que todo conduce a que no haya secretos.

En las viejas novelas el autor todavía se camuflaba bajo el nombre de un personaje, Ferdinand Bardamú (que toma de Celine el segundo nombre), Ronquentin y Mersault. Pero en la tradición de cronistas de sí mismos, Miller, Bukowski, Pedro Juan y nuestro Fernando Vallejo, son ellos, solo una primera persona innombrada que saca toda su fuerza, sus cojones, su vigor, de la fuerza de la vida, del dolor y la dicha reales del autor.

El nido de la serpiente, como todas las novelas en la línea de los personajes ausentes, aburridos, ajenos, extrañados, es una novela de lo cotidiano, del día al día (La náusea se narra en formato diario), que bajo la forma de “memorias” cuenta  la vida de un muchacho entre los diez y los veinte años, en la década de los sesenta en Cuba. Una novela de la primera década de la revolución, desordenada, costosa, convulsiva.

Dice Pedro Juan en la novela que “escribir es un oficio diabólico”. “El escritor perfecto es una fantasma invisible. Nadie puede verlo, pero el tipo escucha y ve todo. Lo más íntimo y lo más secreto de cada persona. Atraviesa paredes y se mete en el cerebro y el alma de los demás. Y después escribe sin miedo. Tiene que arriesgarse. El que no se atreve a llegar hasta el límite no tiene derecho a escribir”. La más pura destilación del pensamiento de Miller sobre el oficio.

Se lee como una confesión visceral, que hace doler, que hace reír.

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