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El poder y el contrapoder

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En una entrevista a El Tiempo, el gordo Jorge Lanata, un periodista argentino, habla del periodismo que ha tenido que hacer en la Argentina, durante más de una década, y que lo llevó a convertirse en una las piedras en el zapato del oscuro régimen kirchnerista. Fue él quien señaló y acuso al ambicioso y osado matrimonio que puso el poder al servicio de “la familia”, con el declarado propósito de hacer una Argentina mejor, pero también con el de enriquecerse y enriquecer a los suyos. Un justo pago por su noble propósito.

A Jorge Lanata le hubiera podido pasar lo que a Alberto Nitsman, el Fiscal del caso K, por el atentado judío de la mutuaria, a quien suicidaron cuando tenía el paquete probatorio para llevar a la K a los juzgados. Dice Lanata, y lo dijo durante mucho tiempo en los medios: “el kirchnerista es uno de los gobiernos más corruptos”, en un país donde todos lo han sido. Mención de honor. Gobiernos diseñados para poner lo público al servicio de los inversionistas de la “familia”, que invierten en el Estado, a través de contratos, concesiones, asociaciones, u operaciones por debajo de la mesa, para explotarlo como si fuera un negocio de ellos. Gobiernos que no tienen oposición en los Congresos, cooptados casi todos, ni en las Cortes, cooptadas por fuera y por dentro. Una empresa como la que en Colombia montó con mucha visión y gerencia, Iván Moreno Rojas, para desmantelar a Bogotá, o como la que ha montado Vargas Lleras, con el negocio de la infraestructura. El zar de las 4G.

Lanata no solo criticó al kirchnerismo, aportó pruebas, señaló con nombres propios, dio información sobre los funcionarios en la red de corrupción. Los señalamientos terminaron en los tribunales. Aportó las pruebas para la condena de la ministra de economía, Felisa Miceli. Para el proceso del vicepresidente Boudou, por el caso Ciccone. Dio la información para acusar a Cesar Milani, exjefe del Ejército, por corrupción.

Lanata, el periodismo que hace, no se limita a informar. Representa un grupo de voces, de presencias activas en medios que hacen audiencia. Su deber para con las audiencias, si de credibilidad se trata, lo lleva a convertirse en causa civil de lo que denuncian y asegura que es cierto. En un peridismo que toma partido contra la corrupción, y por tanto la fastidia no solamente criticándola en los editoriales, sino haciendo que las pruebas, adquiridas con el concurso de una red de inteligencia periodística, tanto más eficiente, cuanto adquiere el poder de la incriminación legal. 

La contra información de los medios independientes llevó a que el gobierno argentino prohibiera las estadísticas, parece un cuento de Borges, pero fue cierto. Se dedicó a comprar medios para tener el monopolio de la emisión. Llegó a concentrar hasta el 80% de los medios en el país.

Pero vino el efecto de opinión. El kirchnerismo con el ochenta de los medios solo convocaba al veinte de las audiencias. Y la prensa que no se dejó comprar y sobrevivió, los periodistas como Lanata, convocaban el ochenta.

Lo mismo que pasa en Venezuela. El monopolio de medios del poder bolivariano no es libre, y debería serlo si representa a la revolución. Actúa de manera más libre el consorcio de los Lanata, objeto de abierta censura e intimidación. La información del poder tapa, la contra información, destapa. Los Lanata investigan, apuntan con cuidado, disparan información, y luego van a los juzgados, a cumplir con el deber civil de cualquier ciudadano y de cualquier periodista, refrendar la certeza de su denuncia haciéndose parte de la causa.

Qué bien se ve el gordo Lanta en la portada de Rolling Stone.

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