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El olvido

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Una de estas madrugadas entré al azar a un canal donde pasaban una película de gangsters de opereta, matones que manejan Ferraris, héroes británicos en estado de idiotez pura, que a pesar de todo tienen su amor, escondido y en peligro. Vamos a suponer que uno es A (Jason Statsman) y el otro es B (Clive Owen), cada uno al mando de una pandilla que disputa el poder del clan. El comienzo es patético, una escena de violencia refrita, que aun así atrapa la atención. Fue como si me hubieran escupido un poco de adrenalina, antes de comenzar a contarme la historia. Tanto A como B son personajes acartonados que la tecnología energiza en la escena. En un momento, mientras las pandillas se reorganizan para disputarse el poder, se me olvidan los personajes, jamás me había pasado. Cuando presencio las escenas de A no me acuerdo siquiera del rostro de B, y al revés. Cuando pasó una segunda vez, me preocupé. Se me había quedado media película en un tiempo muerto, sin registro. Pero se me quedaba alternativamente una y otra mitad. Las olvidaba por igual. La preocupación del partido paranoico unido me propulsó al túnel oscuro de Alzheimer. Entonces me levanté fui a buscarme un trago, salí a la terraza, encendí un cigarrillo, y para reivindicarme del olvido, recordé la forma que tenían todas las nubes sobre Santiago el once de septiembre de 1973.

El comienzo no es auténtico, es una caricatura. La violencia sobreactuada falsifica la expresión. El abuso del recurso, autos a cien millas, en contravía, por carriles contrarios, que no respetan semáforos, que causan choques múltiples, y a los que no les pasa nada. La inverosimilitud es tan dulce como un coma diabético. Conmovedora, nada me deja creer, pero sigo como un buen imbécil pegado al film, teniendo tres cientos canales más. Cuando se produce el colapso de memoria ya no hay nada que hacer. No creo posible salir del tiempo muerto sin volver a colapsar. Estoy pendiente del final, no sé que vaya a pasar y qué vaya a pasarme a mí, cuando termine. Anticipo, A sobrevive, se queda con su amor y su padre, B muere. Una tonta anticipación digna de mi tontería, el más vulgar lugar común para un cierre. Pero apuesto por esa.  

Me gustaría que mataran al héroe de cartón, al rudo impenetrable, y que lo matara su amante. Me gustaría que sobreviviera el viejo y ella, y la película terminara con ellos en una casa rodante. Imaginé varios finales. Pero el film terminó en aquel por el que había apostado. Una vez terminó recuperé  la memoria. Terminé recordando a B y a A, como un par de cabrones de largo metraje que terminaron trucando algunos de mis cables.

Moraleja innecesaria: ver mal cine produce olvido.  

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