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La mutación de los géneros

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Una amiga que vive en New York, con la que he estado hablando en las últimas noches, me cuenta, entre todo lo que me cuenta, de un fenómeno entre la población juvenil de USA, la de sus urbes.

Para decirlo de manera figurada, la virilización de las chicas y la feminización de los chicos, en el rango entre doce a 18 años. Una transmutación de género, cultural, biológica, de roles, de poder entre los sexos. Al punto que una buena madre, ya no se ocupa de cuidar, proteger, acompañar a su niña, sino a su niño. Los peligros que antes corrían ellas, ahora los corren ahora ellos.

Para mí que se trata de la generación Z de mujeres, herencia  de la revolución femenina iniciada por Doña Betty Friedman. De todas esas ideas que vivieron de Europa en los libros de Simone de Beauvoir, y las enseñanzas radicales de Ángela Davis.

Las Pussy Rior, rusas, punkeras, son una manifestación radical y virilizante de la toma de poder de roles. Las Femen, ucranianas, que con su cuerpo protestan, que se desnudan para denunciar, que con sus pechos, como coraza de guerrero, enfrentan al poder, como antes lo hacían los hombres.

Algunos estudios genéticos reportan haber encontrado cromosomas masculinos en organismos femeninos y al revés. La dotación genética de los seres humanos están virando hacia la ambigüedad, hacia la pérdida definitiva de la polaridad, a una velocidad que ignoramos. Cuando desde la genética se advierte la mutación, será perfectamente previsible que tengamos que reconocerla en el comportamiento cultural.

Logramos, en algunos sectores, clases, ciudades, que un movimiento callado, que atormenta a padres y maestros, y uno público, que atormenta a la policía y a los gobiernos, nos muestre a las mujeres, a las niñas, convertidas en aquello que fue el objetivo: la lucha contra los hombres, con todos los motivos legítimos que hubiera. Para ser lo que necesitan ser, necesitan ser hombres. Y los hombres, los chicos de las urbes norteamericanas, un poco cansados del rol, participan de la inversión, se feminizan, se androginizan, al punto de tocar la imagen incierta del Emo. El andrógino del siglo XXI.

Si hay algún personaje en la literatura que muestre a los mutantes genéricos, en sus rasgos, la capacidad de actuar, la autonomía, la fuerza vengativa, la lógica, es Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, de Stieg Larsson. Ella que con un bidón de gasolina y una cerilla consumó para siempre el parricidio.

Quizás, y visto desde comienzos del siglo XX, la inversión cultural de los roles, la transmutación de los poderes entre sexos, sea una consecuencia narrativa, que se impone a la historia, del Orlando de Virginia Woolf, para quien la historia tuvo que ser contada, en un capitulo como hombre y en otro como mujer.

Solo cuando las mujeres sientan y actúen como los hombres, y los hombres nos feminicemos hasta el extremo, volveremos a querer ser lo que somos, sin olvidar que todos somos un poco hombres y un poco mujeres, desde el comienzo. Desde que Eros arrojó la manzana a Afrodita, según se cuenta en el Banquete.       

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