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Réquiem por la novela

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Jorge Volpi

"La literatura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos".Ricardo Piglia

Luego de que cientos de escritores, críticos y académicos profetizaran una y otra vez su inminente extinción, al fin es posible certificar la muerte de la novela. Según todos los cronistas, el último ejemplar de esta especie se produjo hace ya cien años: se trata de un pobre remedo de Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, perpetrado por un tal Pierre Menard* –a la fecha ha sido imposible identificar al autor oculto tras este burdo seudónimo–, y publicado en la ciudad de México en 2605. Basta echar un vistazo a algunas de sus páginas para comprobar la decadencia del género: sus torpes artificios estructurales, su incapacidad para crear personajes redondos, su miseria estilística y su desfachatada inverosimilitud explican por qué el público dejó de leer –y los editores de editar y los escritores de escribir– esta odiosa variedad de la literatura conocida como ficción (una palabra que por fortuna desapareció hace años de nuestras librerías). Ante obras como esta, uno no debería sorprenderse de que la novela haya desaparecido, sino de que no lo hiciera antes.

Pese a sus mil años de historia, la novela siempre tuvo una vida artificial: concebida como un engaño similar a la magia o la hechicería, su poder solo podía prosperar en sociedades con un desarrollo intelectual muy precario (no es casual que Platón expulsase de su República a toda suerte de ‘poetas’, es decir, de mentirosos). De otro modo, ¿cómo podría entenderse que adultos racionales consagrasen tanta pasión a tramar estos pueriles divertimentos? ¿Que hombres maduros e inteligentes disfrutasen sus estratagemas como los niños de párvulos gozan con sus modelos para armar? ¿Qué personas sensatas y honestas no se ruborizasen al exaltar el valor de tantas invenciones?

Durante siglos, las novelas solo sirvieron para confundir a quienes no disponían de otra forma de entender la realidad: su público mayoritario lo conformaban mujeres crédulas, adolescentes infatuados, viejos prematuros, solteros insatisfechos: en resumen, gente ociosa.

Durante muchos años me estremecí al contemplar alguno de esos gruesos tomos plagados de fantasías: cientos y cientos de páginas que representaban cientos y cientos de horas, días o incluso semanas tiradas a la basura. (Pueden imaginar lo que me ocurría frente a supremas muestras de arrogancia como En busca del tiempo perdido o La comedia humana.)

¿Es posible imaginar cuánto hubiese avanzado la humanidad si en vez de malgastar sus energías en estos delirios las hubiese invertido en tareas más nobles y provechosas? ¿Si, en vez de demorarse con peripecias de espías y detectives, enamorados y facinerosos, nuestros antepasados se hubiesen dedicado a agotar libros de filosofía, de historia, de matemáticas? ¿Cuánto hubiese avanzado la humanidad?

¿De qué manera se hubiese acelerado nuestro desarrollo económico, nuestra madurez política, nuestra andadura tecnológica? Por desgracia, nuestros ancestros padecían una predisposición natural –o más bien genética, como se ha demostrado recientemente– hacia la mentira. Tuvieron que pasar mil años antes de que lográsemos extirpar para siempre esta distracción: demasiado tiempo, si se lo compara con el empleado en erradicar enfermedades y virus menos perniciosos.

¿Dónde radicaba, pues, el poder de las novelas? ¿Por qué un género tan nocivo e inútil fascinó a tantos seres humanos? ¿Cómo logró seducir a naciones y épocas enteras?

Si bien desde mi época de estudiante yo siempre me negué a bucear en las pútridas aguas de la ficción –aunque estudié historia literaria, mi tesis doctoral versa sobre el estilo jurídico de las actas del tribunal de cuentas de Rouen en el siglo xix–, la reciente muerte de mi madre sembró en mí el virus de la curiosidad. Si bien mi difunta madre pertenecía a la primera generación que podía jactarse de nunca haber leído una novela, ahora nos confesaba en su testamento que desde hace años se empolvan en el sótano de nuestra casa las incontables novelas que mi abuelo acumuló a lo largo de su vida. Al parecer, la infeliz nunca tuvo corazón para desembarazarse de ellas y, suponiendo que ninguno de sus hijos sería lo suficientemente morboso, se conformó con emparedar su incómoda herencia, convencida de que las termitas se encargarían de convertir aquellos olvidados volúmenes en su alimento cotidiano. La pobre no podía sospechar que su primogénito –es decir, yo mismo– terminaría por abrir las oscuras cajas de Pandora que ella se había empeñado en sepultar.

Unos días después al fin me decidí a bajar a la cava dispuesto a soportar el tedio de aquellas lecturas con tal de explicarme el entusiasmo que mis antepasados sentían por ellas. A pesar de mi alergia al moho, me apresuré a desembalar los maltrechos envoltorios y a conferirle cierto orden a la desvencijada biblioteca de mi abuelo. A primera vista, el gusto del viejo era bastante ecuménico: de las más de ochocientas obras que acumuló a lo largo de su sigilosa existencia –era notario y rico–, identifiqué ejemplos provenientes de casi todos los países y lenguas, si bien una manía indescifrable parecía dirigir sus preferencias hacia la literatura mexicana de principios del siglo xxi.

Solo para contrariar su memoria, preferí iniciar mis pesquisas con los autores ingleses. Y de pronto allí me encontraba yo, semejante a los miles de lectores que me precedieron, disponiéndome a adentrarme en las páginas de la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy de Laurence Sterne. En cuanto abrí el apolillado ejemplar fui presa de un espasmo estomacal: si bien aquella tarea no estaba prohibida –solo a un loco se le hubiese ocurrido censurar libros que habían dejado de leerse hacía décadas– mi conducta revelaba cierto ánimo subversivo muy poco frecuente en mí.

Al terminar, mi decepción no pudo ser mayor: tal como preconizan los grandes críticos literarios contemporáneos, aquel libro era un puro y simple disparate. Para decirlo en pocas palabras: no entendí nada. Y no por mi incapacidad de adentrarme en las sutilezas del inglés antiguo o porque no apreciase el enloquecido mundo descrito por Sterne: simplemente no me interesaba nada de lo que éste narraba o, más bien, no me interesaba cómo lo narraba. Sin duda, la época resultaba fascinante pero, entonces, ¿de qué servían aquellas páginas frente a los estudios de tantos eruditos que se ocupaban de los mismos temas?

¿Qué podían aportar a los conocimientos que yo ya poseía en torno al siglo xviiibritánico? ¿De qué me servía leer esa acumulación de dislates y atropellos cuando podía sumergirme con más provecho en un buen libro de historia? La novela estaba plagada de caricaturas, minucias cotidianas, sensaciones subjetivas, experimentos estilísticos y burdas divagaciones sentimentales que chocaban por completo con cualquier noción de objetividad. En resumen, mi experiencia resultó terriblemente frustrante: al concluir el libro seguía tan convencido como siempre de la inutilidad de la novela, incapaz de explicarme cómo esas piruetas verbales fueron alguna vez tomadas en serio y, para colmo, consideradas provechosas.

Tratando de paliar mi ofuscación, me concedí otra oportunidad y me precipité en las obras de Austen, Dickens, las hermanas Brontë, Hardy, Forster y Henry James: por desgracia, cada uno de ellos me pareció a cuál más insoportable. Intuyendo un secreto prejuicio contra los escritores de la pérfida Albión, me dirigí entonces hacia sus enemigos naturales al otro lado de la Mancha: Hugo (un bodrio), Stendhal (un escándalo), Flaubert (mortalmente aburrido), Céline (un asco), Yourcenar (patética). Sin escarmentar, opté por unir exotismos y alterné autores rusos y estadounidenses: Tolstoi y Melville, Bulgákov y Hawthorne, Dostoievski y Faulkner, Nabokov y Bellow, Pasternak y Philip Roth...

Ocurrió lo mismo. Ni siquiera vale la pena mencionar los nombres de los españoles, italianos, brasileños, japoneses, checos o turcos que revisé a continuación: unos y otros parecían obsesionados con perpetrar el mismo e interminable error. Fatigado, me adentré por fin en la extravagante pasión de mi abuelo: la novela mexicana de principios del siglo xxi. Aunque intenté revisar concienzudamente decenas de piezas de esta época, apenas pude comprender el entusiasmo de mi abuelo por unos escritores tan desiguales: en efecto, unos cuantos se esforzaban en prolongar la tradición instaurada por Rulfo, Fuentes, Del Pazo y Elizondo, arriesgándose a experimentar con formas y contenidos inéditos, pero la mayoría no hacía sino repetir hasta el cansancio los recursos de García Márquez o bien se limitaban a calcar sin pudor los estereotipos de la novela anglosajona del momento.

En medio de tanta confusión, uno de los pocos aspectos que llamó mi atención fue precisamente ese aire de familia que unía a novelistas de naciones y tiempos tan lejanos; pese a provenir de ambientes tan distintos, era posible reconocer una especie de corriente secreta en muchos ellos. Sin darse cuenta, los mejores pertenecían a una misma estirpe, lo cual les permitía mentir de maneras cada vez más refinadas, como si la historia de la novela fuese la historia de una artesanía que se torna más sutil y estilizada con el tiempo. Algo –y ese algo indescriptible y huidizo era lo que más me irritaba e intrigaba– enlazaba a todos esos novelistas. Comprendí entonces que, si bien su empresa era demencial e incluso irrelevante, no dejaba de poseer cierta coherencia. Esos hombres y mujeres se habían equivocado al elegir la ficción como una forma válida de explorar la realidad, pero al menos estaban convencidos de que su labor podía ser única y valiosa. A pesar de su ceguera, se hallaban convencidos de que la novela no era una simple acumulación de falsedades, sino una forma legítima de explorar la realidad. Y, sobre todo, una manera de conservar la memoria que escapaba de los rígidos moldes de la historiografía o las ciencias sociales.

Sería estúpido afirmar, por ejemplo, que la lectura de Thomas Mann a Franz Kafka o a Hermann Broch permita comprender mejor los albores del siglo xx, pero sin duda estos autores plantean dudas e intuiciones sobre su tiempo –y sobre las vidas particulares de sus personajes– que a un manual de historia le sería imposible siquiera insinuar.

Por desgracia para ellos, sus continuadores de los siglos xxii y xxiii parecieron olvidar rápidamente esta lección. Apostando por una novela nacida directamente del folletín decimonónico, la mayor parte de los escritores de estos siglos fueron los verdaderos responsables de la extinción de la novela. Obsesionados con repetir modelos probados y con simular los efectos de los medios audiovisuales –especialmente de la televisión y de la música pop–, sus mentiras ya no tenían como objetivo conservar la memoria, la mirada y las dudas de sus contemporáneos, sino ser simples mentiras. Como ya había ocurrido en otros momentos de decadencia, la ficción dejó de acercarse oblicuamente a la realidad, y se limitó a regodearse en sí misma con el único fin de entretener.

La novela no murió, pues, de muerte natural: fue asesinada por sus peores practicantes. A fuerza de repetir hasta el cansancio las mismas estructuras y los mismos vicios, de exacerbar las artimañas perfeccionadas en los cinco siglos anteriores y de machacar siempre los mismos temas y los mismos géneros –especialmente el sentimental y el policíaco–, los propios novelistas destruyeron su forma de vida.

Dejando de lado algunos esfuerzos para escapar de esta muerte anunciada –vagos esfuerzos por hallar una forma novelística que no fuese heredera del folletín y que, sin abjurar de la ficción, lograse revelar la realidad–, la novela se ahogó en sus propias excrecencias.

Para mediados del siglo xxi, la novela se había convertido ya en un género desfalleciente y marginal: aunque sin duda fue la época en que se escribieron, publicaron, compraron y leyeron más títulos que en ningún otro momento de la historia, en verdad casi no se escribieron, publicaron, compraron y leyeron auténticas novelas, sino meros sucedáneos. Si uno realizara el recuento de los incontables volúmenes aparecidos a lo largo de estos dos siglos, resultaría fácil comprobar que en muy pocos casos se trataba de auténticas novelas, al menos en el sentido que esta palabra había tenido para autores como Proust,

Joyce, Vargas Llosa o Coetzee: en su inmensa mayoría no eran sino folletines disfrazados –telenovelas, culebrones, miniseries, sitcoms–, cuyos autores solo se empeñaban en utilizar el cada vez más obsoleto formato del papel impreso como una especie de atavismo del pasado. Encaprichados con divertir y entretener –o, en el otro extremo, con regodearse en el lenguaje–, los escritores de este triste periodo perdieron toda capacidad de perturbar.

El resto de esta historia resulta más conocido: durante los siglos xxii y xxiii esta tendencia no hizo más que acentuarse: los editores continuaron publicando millones de libros en cuyas solapas o guardas aparecía la palabra “novela”, pero poco a poco los lectores dejaron de frecuentarlas –es decir, de comprarlas–, asqueados ante tanta desfachatez. De pronto resultaba mucho más útil, e incluso más divertido y estimulante, leer ensayos, reportajes, entrevistas que empantanarse con tanta bazofia imaginaria.

Tras la gran crisis del 2466, prácticamente todas las grandes editoriales abandonaron sus colecciones de novela para dedicarse por completo a lo que entonces aún se conocía como no-ficción. Desacreditado el poder evocador de las mentiras, a partir de entonces los lectores ya solo se interesaron por la más pura realidad o al menos por lo que se les vendía como tal. Fue entonces, a mediados del siglo xxvii, cuando un grupo de agitadores –o más bien de guerrilleros– acometió el último intento de resucitar el viejo arte de la novela. En vano. Aunque en principio su idea pareció subversiva y potencialmente exitosa –durante meses se dedicaron a copiar palabra por palabra las grandes obras del pasado–, a la postre los lectores no se dejaron engatusar por este guiño. Los últimos esfuerzos de esos outsiders, encabezados por el escurridizo Pierre Menard –responsable de las reescrituras de Don Quijote, la Biblia, la Odisea, el Ulises y los cuentos completos de Borges– se resolvieron en el más doloroso fracaso. Anulada esta última tentativa, la novela desapareció para siempre. ¿Debemos lamentarnos? Pongámoslo de otro modo: ¿en nuestros días alguien echa de menos las églogas o los versos yámbicos, los cantares de gesta o los poemas sinfónicos? Las formas artísticas no son eternas, responden a épocas y mentalidades concretas: de nada sirve llorar su extinción o intentar conferirles una vida artificial.

Han pasado diez años desde que bajé por primera vez al sótano y leí el Tristam Shandy de mi abuelo. No puedo afirmar que mi juicio sobre la novela se haya modificado drásticamente desde entonces –sigue pareciéndome un género muerto y sin perspectivas–, pero, si bien reconozco que se trata de un vicio horrendo, de una debilidad imperdonable, de una adicción malsana, no puedo dejar de recorrer todas las noches esa misma escalera para releer las páginas de esos pervertidos que durante un milenio se empeñaron en fraguar sus ficciones. E incluso admito que, en mis horas de insomnio, se me ha pasado por la cabeza –horror de horrores– la idea de tramar yo mismo otra de esas viejas, poderosas, auténticas mentiras.

Sevilla, febrero 8 de 2704

[*] «Pierre Menard, autor del Quijote», es un relato del argentino Jorge Luis Borges, incluido en su libro Ficciones (1944). El cuento empieza con una protesta de un crítico a causa de la omisión del nombre del poeta simbolista, Pierre Menard, en un catálogo. Y para testimoniar eso, menciona la opinión de una baronesa y de una condesa, y aún enumera toda su producción en orden cronológico. Pierre Menard es un oscuro escritor francés recientemente fallecido, cuyo mayor logro fue escribir, en el siglo xx, los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós. Los capítulos son iguales, en cada palabra y cada coma, a los escritos originalmente por Cervantes. Sin embargo no son una copia. Pierre Menard inicialmente quería ser Miguel de Cervantes, en los años 30, “saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918”. Pero la descartó. Le dejó una carta al crítico, relatando todo lo que pasó para escribir su obra, y por qué la escribió. En opinión del crítico… “a pesar de los obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes”.

 

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