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El eslabón perdido del proceso 8000

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Las memorias olvidadas, el libro de Andrés Pastrana, salido la semana pasada, se publica, tan a tiempo, como a tiempo se dieron a conocer los narco-casetes, después de la primera vuelta de 1994. Ahora aparece el libro, justo cuando se inicia una campaña presidencial. Y el partido liberal, con el Don Gaviria, a la sombra, como un perro que late echado, y su infante alfabético, que en una convención amarrada, consiguen que el Doctor Sarpa, el escudero bizarro del 8000, encabece la lista a Senado, dejando por fuera, a quien le entregara en el cementerio, las banderas del galanismo a Gaviria.

Pastrana en su libro, respecto al 8000, dice tres cosas que a mi juicio van a re-agitar el proceso, que jamás se cerró. Porque el 8000 tiene un agujero negro, un proceso conexo, el de la muerte de Álvaro Gómez. Nos cuenta – Pastrana – quién fue el que le entregó los narco-casetes: un yuppi que le reportaba directamente al General Serrano, entrenado por la DEA y la CIA en inteligencia, que le pidió a Pastrana una cita para entregarle la información, al parecer saltándose todo conducto regular. Fue él, Carlos Barragán, el mismo que capturó a Gilberto Rodríguez, el 9 de julio del 95. Cuenta también, que tiene una carta firmada por Gilberto y Miguel Rodríguez, en la que le revelan que Honesto Samper, siempre estuvo al tanto de toda la negociación. Y suelta una perla más: Gaviria es el eslabón perdido del 8000.

En cuanto a lo primero, hay algo muy extraño. Los mismos narco-casetes que le dañaron el caminado a Samper, y que le fueron entregados a Pastrana, a la manera de un servicio muy especial (¿qué razones habría tenido Barragán para entregarlos?), dice Gaviria, en respuesta calenturienta y salida de quicio, lo incriminan a él, por la misma razón que incriminan a Samper: haber recibido recursos del cartel de Cali. No se entiende cómo Pastrana pudo haber sido tan poco inteligente como para entregar una prueba contra él mismo, que de hecho el país no conoció. A no ser que hubiera editado y limpiado los casetes antes de hacérselos llegar al gobierno Gaviria. ¿Pero si iban editados, entonces  cómo supo Gaviria que las conversaciones telefónicas contenidas en la grabación inculpaban a Pastrana?

Respecto a la carta que le hicieron llegar los Rodríguez, nadie puede explicar que Pastrana la haya tenido guardada trece años. Si era la prueba reina, dice Gaviria. No puede ser que la estuviera reservando para poder contar algo nuevo del 8000 en sus memorias. Porque de otro lado, no sería más que un acto de encubrimiento, cuyas secretas finalidades harían infinitamente más pantanoso el proceso 8000.

Tras terminar su gobierno, Gaviria hizo las maletas para marcharse a Washington, donde estuvo diez años de Secretario General de la OEA. Sin embargo, toda la ausencia, y el retiro de la política nacional, no fue más que una pausa larga para regresar a hacerse cargo del Partido Liberal, el mismo de Samper y Sarpa, que ahora dirige por interpuesta persona. No será la primera vez que se sugieran posibles motivos, que hubiera podido tener Gaviria en la muerte de Galán. ¿Un eslabón perdido entre la muerte de Galán y el gobierno cooptado por la mafia, de Samper? Si Pastrana tuviera pruebas, antes de haberlas publicado en sus memorias, debería haberlas hecho llegar a la justicia, pero han pasado más de veinte años desde que Juan Manuel Galán, todavía siendo un niño, le entregó a Gaviria las banderas de su padre, asesinado por Pablo Escobar, tras el cual se movía otro histórico miembro del partido liberal, Alberto Santofimio.

Al final, como todos mienten, probablemente los ciudadanos tengamos que seguir moviéndonos en un mar de versiones fraudulentas y desorientadoras. Una especie de complot contra la verdad, que por desgracia, al país joven quizás ya no le interese.           

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