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El guardián de los niños

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El título del  Guardián entre el centeno cifra el más auténtico deseo del protagonista - Holden Caulfield -  en la vida, cuidar a los niños en medio de un campo de centeno para evitar que se precipiten al abismo. El Jan Hauger (el mismo número de letras de Holden y la misma primera letra) de Johan Theorin, es un maestro de pre escolar que  secuestra a un niño pequeño para acometer una venganza contra su madre y por amor. Aun así tiene una afinidad revelada para con los niños, mucho mayor que la que pudiera tener Caulfield, que solo por una declaración hecha a su hermana, nos hace saber su único deseo en la vida, sin que nada más lo lleve a tener que mostrar su amor por los niños.

Johan  Theorin, uno más de los escritores de la primavera literaria nórdica, no llega con su libro al límite ponzoñoso de las novelas de Linqvist, otro de los suecos terribles. Theorin  hace una novela que uno no sabe si es para jóvenes o para adultos sumisos. No por el tema, que no tiene edad, sino por la forma de contar la historia. Sus protagonistas vienen del trance psiquiátrico, de la soledad profunda, del rock, de la victimización escolar. Se encuentran en el manicomio donde surge un amor de reclusión, con violencia, rock, guitarra y batería, en medio de una afrentosa soledad, la maldición cruda, la dentellada de la bestia, la soledad que muerde en la habitación, en el jardín en mingitorio, en la calle y en el sótano.

La obra encuentra un espacio-eje en un túnel subterráneo que conecta el pre escolar donde llega a trabajar Haugen – al que asisten los  hijos de los pacientes psiquiátricos - con la clínica psiquiátrica Santa Patricia, donde se hallan recluidos sus padres, homicidas psicóticos, sociópatas, depresivos y catatónicos. Por  el pasadizo corre la sangre del relato, por el mismo por el que se les mete el mundo a los locos, y por donde los locos regresan al mundo.

El guardián de los niños a diferencia de El guardián entre el centeno, es una historia de amor. Desde luego, un amor imposible, juvenil, psiquiátrico, al que llegan Jan y Alice Rami, un personaje de flash back, de referencia, que se hace valer por la ausencia. Ambos han tenido la experiencia de muerte. A él una pandilla escolar lo ha dejado encerrado todo un fin de semana en un sauna prendido.

Es una novela con velocidad de cuento. Directa, sin vueltas, escueta. Un narrador demasiado al servicio de la acción inmediata, en ocasiones afectada por una distensión casi deliberada. Ocurren cosas, muchas cosas, rápidas y lentas. Tiene tres o cuatro picos de tensión que obligan al lector a reacomodarse en al asiento, cerrar la página y salir a fumarse un cigarrillo con ansiedad. No sé si el carácter juvenil se le pudiera atribuir a un feísimo defecto - tanto en las novelas para jóvenes como para adultos -, el de explicar. El guardián de los niños es una novela explicativa, le aclara al lector, habla para la platea, como si el autor no confiara en la inteligencia de los lectores o como si no confiara lo suficiente en la fuerza de sus propias escenas.

Sin alcanzar a ser del todo inquietante, ni del todo inolvidable, construye personajes que desde su desolación son capaces de tocar el corazón de al menos un lector. Es recomendable para un grado diez o once. Hoy podría ser más atractiva para los lectores contemporáneos, que posiblemente sientan un poco de desdén por El guardián entre el centeno.

Caulfield y Hauger comparten la misma inmensa soledad entre personas, la diferencia es que a Hauger lo mueve el amor, un amor terriblemente enfermo, desencontrado, mientas que a Caufield no lo mueve nada.

 

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