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Alberto Rodríguez

Negret y Hoyos

Negret y Hoyos

En la última semana murieron dos hombres que hacían parte de lo que convencionalmente se llama la cultura, una expresión siempre vaga y por demás exclusivamente asociada con las artes, como si la agricultura, la economía, las comunicaciones y la educación, no fueran cultura. Uno de ellos, el escultor Edgar Negret, y el otro, Bernardo Hoyos.

La obra de Negret, que siempre me evocó al Nosferatu de Herzog y cuya poética espacial no alcanzó a estar en mis afectos estéticos, es un respetable trabajo de instalación, eso en lo que devinieron las artes espaciales, formaciones metálicas trabajadas, grandes y pequeños ensambles, estructuras complejas, soldadas, articulaciones geométricas vistosas, bendecidas desde finales de los años cincuenta por Marta Traba, en la época en que era la papiza del arte en un país violento y miserable. Ella lo consagró y lo incluyó en el canon del buen gusto. Mucho se habló, que en sus últimos años Negret permanecía “prisionero” – no sé si voluntaria o involuntariamente -  de un grupo de muchachos que se había apropiado de su obra y del maestro como tal. Su obra quedará, de cualquier modo, inscrita en la historia de las artes espaciales, con la impronta de una modernidad que se forjó a punta de geometrismo y el conceptualismo. Con la “escultura transparente” – prescindiendo de materiales fundidos y tallados - se abrió un camino y se hizo un nombre. Ignoro a qué tantos tocó de verdad la obra de Negret. Que es lo único que hace que un artista permanezca más allá de su época, en el corazón y las tripas de aquellos a quienes dijo algo y condujo a alguna parte.

Bernardo Hoyos oriundo de Santa Rosa de Oxford, era un hombre afectado, demasiado para mi gusto, abogado, algo que por decoro nunca debió ejercer, pero ante todo, era lo que en otros tiempos se llamaba un cultor de las artes, la música, de Bach a Duke Ellington, la literatura, de Villon a Tomás Carrasquilla, y el cine. Fue promotor y presentador de un cine club de Caracol, los viernes en la noche, que sostuvo durante años con Diana Rico. Pero ante todo fue un hombre de medios, de micrófono, voz de la BBC. En cualquier caso, rara avis en Colombia, demasiado refinado, demasiado elegante, demasiado inglés, demasiado culto, para un país de cafres.

La tarea de ambos en las artes nunca sobró, aunque suene insólita, incomprendida, será siempre una forma de hacer camino, una forma de ayudar a construir sensibilidad, eso de lo que tanto carecemos, y sin la cual, ni el gusto, ni las artes, tendrán ese propósito, tal vez iluso, demagógico, de tocar a las mayoría. Quizás sus obras y legados se olviden en muy poco tiempo, en virtud de esa falta de sensibilidad tan adherida a la falta de educación estética, que permite desconocer tantas obras, tantos legados, que de otra manera deberían llegar a mucha gente, más allá de los selectos, y no por beneplácito oficial, por mecenazgo privado, ni cumplido publicitario. Santiago Cárdenas se lamenta que Colombia no se haya percatado de la dimensión de la obra de Negret. Si no lo hizo hasta hoy, me temo que ya nunca lo hará.

Dios los tenga a ambos en su gloria, donde seguramente habrán de ser inmensamente felices, lejos del mundanal ruido, aunque el uno ya nunca vuelva a hacer escultura transparente, ni el otro, a escuchar a Bach. 

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