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¿Se puede llegar a la paz sin ganar la guerra?

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                                                               La pregunta que guía el sentido de una nueva ronda de negociaciones. Cuando Santos dice que “la victoria es la paz”, está reconociendo que por la guerra no se pudo. Ocho años de Monseñor no sirvieron para un carajo.

La paz en Colombia es como un péndulo, oscila según las conveniencias políticas de los gobernantes. Belisario la ensayó y terminó con la toma del Palacio de Justicia, Barco la ensayó y terminó con la extinción de la Unión Patriótica, Gaviria la ensayó y terminó con Casa Verde, Samper la ensayó y no terminó en nada, como siempre pasa con él. Pastrana, fue el campeón, hasta divagó con el Premio Nobel, terminó con el secuestro de un avión en el que iba un senador, que obligó a que el ejercito entrara por la fuerza a la república independiente del Caguán. Hasta Monseñor Uribe la ensayó, con emisarios, propuestas discretas, aproximaciones, pero para él, tanto como para las Farc, la vocación es la guerra. Que Santos la ensaye, no es la excepción, es la regla. Sabe que militarmente la pelea no se gana. Van cincuenta años y  lo que fue el sueño de un grupúsculo de marxistas de la Universidad Nacional, se convirtió en el negocio violento del cartel rojo. Con la paz nunca se ha ganado. 

No se olvide, que se van a sentar a negociar – seguramente con asistencia del Garzón citadino, ya nombrado para sumir  funciones - con un cartel de traficantes de cocaína, que administra campos de concentración y hace terrorismo entre la población civil. Un ente monstruoso, mafioso, etnicida, ecologicida, muchos de cuyos desertores corren a las filas del paramilitarismo, y muchas de cuyas mujeres son víctimas del sexualismo de guerra. Lo primero para negociar con las Farc, es saber quiénes son esos tipos que están sentados al otro lado de la mesa.

Para Santos la paz como política es necesaria, ha invocado la constitución para amparar la iniciativa, porque según sus voceros las condiciones están dadas, porque su hermano sin cargo oficial está monitoreando los contactos en la Habana, y porque es la primera de su carro de campaña a la reelección.

La rabieta del “señor de los anillos” no hay que tomarla a la ligera. Monseñor Uribe sabe que las Farc no tienen vocación de paz. Sabe que las Farc no están interesadas en la toma del poder, como quiso hacer creer Alfonso López cuando dizque ponía a pensar al país. Siempre que se han sentado ha sido para sacar ventaja táctica, para darse oxigeno, para reagruparse, para fortalecer el aparato. La paz para las Farc, es un recurso de guerra. Al menos es lo que la historia muestra. El dilema de Monseñor, es que la vía armada tampoco es la solución. El más que nadie, que utilizó todas las formas de lucha contra las Farc, sabe que mientras el negocio fluya, militarmente no van a ser reducidas. Después de que dio el golpe a Reyes, tácticamente redujo el embate, para dejar el problema vivo, como argumento político a favor de la necesidad de la segunda reelección. El coletazo se escaló en lo que va del año, más golpes, más voladuras, más asaltos, más minados, más muertos. Después de la muerte de Cano, las Farc reaccionaron como reaccionó el cartel de Medellín, cuando extraditaron a Carlos Lehder.

Para llegar a la paz hay que ganar la guerra, dicen los generales uribistas infiltrados en el gobierno de Santos. Lo que en romance se entiende: no vamos a llegar a la paz. Con tal ecuación no se puede negociar.

El sentido político más fino de la negociación parte de reconocer quiénes están sentados del otro lado, Timochenko, Márquez, Gómez, Catatumbo. ¿A qué han venido a sentarse con los delegados de un gobierno que necesita la paz como combustible de campaña?

Con las Farc hay que ser muy duros en la guerra económica, en cuyo campo no hay negociación. El arma estratégica de esa guerra es la legalización. En el terreno de lo negociable, el gobierno sabrá sopesar el costo de cualquier compromiso. Hoy más alto que el que debieron pagar los gobiernos pasados, en su intento por conseguir la paz.

La guerra, en efecto, es algo tan serio que no debe estar en manos de los generales.

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