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Los Ejércitos

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“Al igual que yo, mi mujer es pedagoga, jubilada: a los dos la Secretaría de Educación nos debe los mismos diez meses de pensión. Fue profesora de la Escuela San Vicente - allá nació y creció, un pueblo a seis horas de éste, que es el mío -.” Ahí están Ismael y Otilia, en un pueblo colombiano, San José, que como todos, tiene la común desgracia de los ejércitos, que los van acorralando, hasta desparecerlos.

Una novela en primera persona, demasiado autoconsciente, demasiado omnisciente, para decirlo de alguna forma. Ismael, que lleva la palabra, Ismael es la palabra, el que focaliza – pone la luz - en su vecina, Geraldina, la brasilera que se tira en el jardín a tomar el sol dejando ver el culo, en Otilia, con la que la novela no alcanza a mostrar el crepúsculo conyugal de dos viejos, sus soledades, la cama compartida, la hora de la cena,  los largos silencios. No, Ismael está más interesado en Geraldina, es ella el foco erótico que le da calor a sus hormonas, a pesar de todo.

Evelio Rosero sabe hacer una atmósfera, sabe poner el calor en el pueblo, sabe poner los personajes en sus hechos, los ejércitos, todos, cualquiera que se presente con las armas para intimidar en un caso, para eliminar en otro, los árboles frutales en el solar, el culo de la brasilera, las flores, el gato. También ambientar una guerra sin causa, un bandidaje con bandera. Todos investidos de la fuerza, de la fuerza bruta que hace innecesaria la conciencia. Por eso la autoconciencia de Ismael, que es una voz en el desierto, no tiene causa. Es una voz que se habla más a sí misma, que al lector. Voz alta como la de los niños y los locos, que habla para sí. Una voz que se refiere a lo que hace Ismael, que es la suya, pero también la de muchos otros, a los que les ha pasado lo mismo. Ismael es más que Ismael, en eso está la riqueza de la voz.

Es una novela profundamente trágica, profundamente dolorosa, tanto más por estar bien contada. La mezcla de inocente vejez, de digna pobreza, de achaques compartidos y de tranquilo desconcierto, le da el color a Los Ejércitos.

Evelio Rosero con Tomás González, son dos novelistas que jalan el curso de la novela colombiana, por un camino de austeridad y dolor, serenidad y buena prosa.  

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