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La luz difícil

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Ah Tomás González, el ermitaño generoso, el pródigo prosista del alma colombiana. Otra vez los paisas. La luz difícil es una novela en la que ha puesto mucho de él en David, muchos de sus recuerdos, de sus miedos. Ha enriquecido a David consigo mismo, con lo que tal vez mejor conoce o con lo que más ha convivido, el ego personal al servicio del ego ficticio, que hace de la novela una forma del conocimiento. Ha conseguido escenificar a la familia en New York, las últimas 24 horas antes de la muerte de Jacobo. Lo que le sirve de motor de tensión que agarra al lector en una atmósfera luminosa y oscura, sencilla y compleja, joven y vieja, de luz y agua, de escritura y pintura.

Una prosa límpida como un nacimiento entre las rocas, una economía de lenguaje que causa la sutil levedad que hace fluir a la novela, como si el lector se trepara a ella y fuera llevado como en alfombra voladora. Una precisión conmovedora en el detalle, en el rasgo, en la descripción, con un lenguaje que ha llegado a despojarse de todo lo que no sirve a la novela. Nada que no se necesite ha puesto González en ella.

Un relato en paralelo, de la muerte del hijo de David, una muerte lejana, en otra ciudad, en un hotel, y de la vida de David viudo, en su casa de campo en Cundinamarca, dos años después de la muerte de Sara, en compañía de la señora del servicio. Un viejo sosegado, práctico, sin tormentos que está quedándose ciego pero que disfruta de su manta eléctrica, y de un fin de semana en un hotel de Girardot con Ángela, su sirvienta. Un viejo que recuerda, que evoca con la tranquila conciencia de que la vida es una y no todo es sufrimiento y que reescribe y reconstruye su vida con el alma de lo que siempre ha sido, un pintor, al que la ceguera ha obligado a escribir con lupa y la vida la ha concedido el derecho de dictarle los últimos párrafos a Ángela.  

 

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