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Media noche en París

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Woody Allen retorna a algo que hace bien, jugar con el tiempo. El mismo truco que hilvana en La rosa púrpura del Cairo. Trama los cambios temporales, de tal suerte, que las paradojas ficticias que conllevan, no le arredran para iluminar y narrar con un descarado encanto escénico, con el que pesca en el rio del tiempo un pedazo de época, los veinte. Más que el humor culto, que no para todos, la ironización de las situaciones, es lo que ampara el sello del film. Paris media noche, en la época en que “París es una fiesta”, es un juego de terrible nostalgia, revestido de un literaturezco aire que da luz a la recreación del juego entre el presente y el pasado. Como Henry Miller, como Hemingway, como Bierce, Allen no le perdona a Norteamérica, esa forma tan antieuropea de comprender y vivir las situaciones. La vulgaridad nacional, la forma tan desapaciblemente práctica como en USA se encarna la cotidianidad.

Gil, un guionista del Hollywood contemporáneo va a París antes de a casarse con Inés, en compañía de sus suegros, un republicano rico y una señora tiesa que durante toda la película repite: “lo barato sale barato”. ¿Cómo se explica uno que un tipo que quiere ser novelista, y aventurarse con su primer libro, sobre un almacén de recuerdos, quiera casarse con la hija de ese par de zombis republicanos de California? La novela, en la fantasía retrospectiva, termina siendo llevada con ayuda de Hemingway, a manos de la mismísima Gertrude Stein.

Allen se da un costoso lujo creativo, el placer de la personificación, reviviendo a los artistas que convivieron en el Paris de los veinte. Así que nos lleva con él a una fiesta que ofrece Jean Cocteau, donde al piano se encuentra Cole Porter, y en la que están Scott Fitzgerald y Zelda, que lo conducen a un café donde bebe Hemingway a los 27. Que conduce a Gil a donde la Stein, donde encuentra a Pablo Picasso que muestra el cuadro de Adriana, su amante y antes de Modigliani. Luego en un café Gil encuentra a Dalí que le habla de lagrimas que contienen rostros y de rinocerontes, y le presenta a Luis Buñuel y a Man Ray, a los que explica que él es de otra época, que del 2010 ha ido a dar a los veinte, lo que a los surrealistas no puede parecerles más que natural. En un paseo por las librerías de viejo a la orilla del Sena, Gil encuentra las memorias de Adriana, en las que lo menciona, según se entera, porque en una banca de boulevard, Carla Bruni, le traduce unas páginas del libro. Va a buscar a Adriana después de su viaje a África con Hemingway y echan a andar hasta que la calesa del tiempo los recoge para llevarlos a la bel epoque, donde encuentran a Gaugin, a Tolousse Lautrec y a Degas, con quienes discuten sobre el tiempo. ¿De qué más? Un París casi artificial, limpio, romántico, clásico, perfecto, un artificio de ciudad también pretérita, una imagen turística, la ciudad luz, mucho más linda, más ordenada, más clara que la misma París.

Allen juega hasta con el tiempo atmosférico, pasando de la resolana a la lluvia y a la noche. Nadie parece estar a gusto con el presente, salvo los wasp republicanos. Adriana quiere quedarse en la bel epoque, Degas y Gaugin en el renacimiento, y Gil que no quiere el presente, tampoco puede quedarse en sus amados veinte, Adriana no quiere retornar. Hasta el detective contratado por el suegro de Gil, termina extraviándose en el tiempo de los salones de Versalles. Paris media noche es un bello juego de tiempos narrativos, ficción epocal, con la luz y el color de un París icono de la nostalgia, donde Hemingway da una lección a Gil: nunca des tu novela a leer a otro novelista, si es mala no la leerá y si es buena se llenará de envidia.

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