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Cuba: Patria o muerte

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 Para quienes en una época fuimos socialistas, igual a como otros alguna vez fueron liberales, o conservadores, el socialismo siempre, siempre significó algo mejor que el capitalismo. Era lo que le daba algún sentido al proyecto. Patria o muerte. Patria socialista. Muerte capitalista. Así lo entendimos los estúpidos ideológicos, que arrastrábamos desde el siglo XVIII con los laureles marchitos de la revolución francesa, que un día se desgajaron en medio de la revolución china. La última y más profunda impresión que me traigo de la Habana, es la de algo más cercano a la muerte que a la vida. No es algo que ya sea la muerte, pero que tampoco es la vida. Algo que en lo social carece de las riesgosas ventajas del capitalismo, los salarios, el consumo, el ahorro, la circulación, la moneda, la banca, la bolsa, la libertad de medios, el pluralismo político, la separación de poderes. Y, desde luego, algo que en el mejor caso no pasaría por ser más que una triste caricatura tropical del socialismo. Ni fu ni fa. Es un híbrido colectivo y gris detenido en los años cincuenta. El pueblo cubano – ese inapelable lugar común – ha tenido que soportar todos los rigores de un experimento que lleva más de cincuenta años tratando de llegar a alguna parte. Un experimento – digámoslo claro - en el que el guión podría ser bueno, pero que en su puesta en escena es un fracaso. Primero el aislamiento, cuando un año después de la llegada de los barbudos al hotel Habana Hilton, desde donde Fidel despachó en los primeros tiempos, se cerraron los mercados, se bloquearon las ventas y se suspendieron las compras de azúcar en el mercado internacional. Lo que era apenas de esperar, puesto que los enemigos de la revolución no colaboran con ella. Luego pasó a ser, como decían los maoístas, una neo colonia soviética, de la que dependía para el comercio, la economía, la tecnología, con todas las consecuencias de la dependencia nacional. Luego el vacio, la caída del bloque soviético, con lo que Cuba se precipita al “periodo especial de guerra”, la hambruna, la desnutrición, la miseria nacional, la falta de leche, el raquitismo, la ceguera, la huelga de hambre, el desabastecimiento. Ahora se encuentran en un “período especial en tiempos de paz”, con la promesa de una “rectificación” después del Sexto Congreso del Partido Comunista. Cuba es un “período especial” caballero. Ha tenido que abrir la puerta a los inversionistas extranjeros legales, norteamericanos, españoles, europeos a la industria del turismo. Tiene una especie de apartheid monetario. Por un lado el peso cubano, la moneda en que se pagan los salarios, algo completamente simbólico en Cuba, un medio de cambio sin mercado. Por otro lado, el peso convertible (CUC), con el que se compran los dólares y los euros que entran a la isla. Un mercado de divisas que solo favorece a quienes trabajan en el sector de turismo. Y de otro lado, las remesas en dólares que ingresan desde la economía en el exilio. Así como la Habana fue fundada tres veces, hay tres ríos monetarios en Cuba, que hacen que el mercado negro, sea el mercado. “Todos los cubanos roban” es una expresión que escuché varias veces. Y que quiere decir: todos los cubanos con empleo a cargo del Estado, necesitan sustraer una parte de los artículos que manejan, para venderlos en el mercado negro y conseguir un sobresueldo, generalmente mayor que el sueldo, que les permita alguna calidad de vida. No sé, creo que muy pocos lo saben, cuál es el índice de desempleo real en Cuba, de subempleo calificado. La Habana centro-centro es un lugar tan lleno de cubanos, en horas laborales, como lo es el centro de Bogotá, San José, Cali, Caracas o Lima. ¿Qué hacen todos ellos? ¿Qué hacen todos esos hombres jóvenes, que como fantasmas diurnos, se deslizan a las diez de la mañana, como salamandras, por entre los balcones republicanos? El mercado blanco es un quiste económico del experimento socialista, un artificio de la economía del peso-salario, una economía de trinchera, de colas, de tiqueteras, de pan amarillo y perro caliente en las esquinas. Una economía de consumo básico, que cierra toda posibilidad al ahorro. El mercado blanco es una broma económica, un artificio casi romántico del desabastecimiento, de la pobreza institucional, de la subalimentación, de la rigidez del valor y el cambio, que pesa a los cubanos, que deprime su calidad de vida, y que se mueve como un corpúsculo en la superficie babosa del mercado negro. La Habana centro es un endiablado suburbio de mendigos. Está la mendicidad de totuma, que practican los viejos, enfermos, abandonados, desorientados en medio de un calor de cuarenta grados. (Si alguna población ha sufrido los rigores indecibles del “período especial” es la de los adultos mayores, muchos de los más pobres andan por las calles exhibiendo la miseria). La mendicidad turística, en la que el visitante es abordado y a cambio de obligados servicios de acompañamiento, se saca un mohito, una bolsa de leche, tres dólares o una bolsa de pañales. Y la mendicidad organizada, el jineterismo, en el que las mujeres se venden en un circuito turístico de prostitución callejera de diferentes grados. El hombre me abordó en la esquina diagonal del Floridita, me preguntó de dónde venía y luego sin más dijo: te tengo una bailarina, de 22 años, preciosa. Porque te digo una cosa, el hombre que viene a la Habana y no prueba cubana, no ha venido a la Habana. Pidió treinta pesos. Todo lo que traigo a cuento es patético a ojos de cualquier turista, por tonto que sea. Y de lo que se podría inferir que jamás estuve en La Habana. Pero, más patético es lo que en una visita no se alcanza a ver, la segregación de los cubanos en los hoteles, en los medios, la Internet, el turismo, las librerías. El Estado los trata como si no fueran mayores de edad, como a eternos adolescentes. Les dice qué televisión deben ver, qué deben leer, qué deben creer y cómo deben votar. La disidencia está consagrada como un delito. No es la vida social que encontré en La Habana, con la que alguna vez soñé en el socialismo, tampoco es el hórrido grito urbano del tercer mundo. Es un híbrido deforme, atraído por la gravedad capitalista circundante, que tendrá su hora cero, a la misma hora en que se anuncie la muerte de Fidel, uno o dos meses después de ocurrida.

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albertobatalla

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