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Un fulano llamado Julian Assange

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La opinión pública norteamericana está en un perfecto empate. Un 42% está en contra de la publicación de WL, y un 43% la aplaude. El otro 15% dice que depende de las implicaciones penales. Que el mundo se entere de la información cruda que los subalternos en el mundo envían a la Señora Clinton en Washington, es un golpe muy bajo de Julian Assange. Tan bajo, que voces al interior de los Estados Unidos  lo han convertido en  objetivo militar, o han pedido cadena perpetua o muerte legal para él, lo que sea con tal de sacarlo del juego. Es un monstruo, del tipo Bin Laden,  solo que Assange podría tumbar más torres, sin costo de vidas humanas, lo que lo hace un monstruo moralmente superior.

Si bien Assange no ha dado a conocer nada que no se supiera, por la red, por los medios, por informes institucionales, o por los blogueros, el valor de su operación consiste en romper el círculo de los secretos de estado. En adelante ningún estado podrá tener la certeza de no ser filtrado, denunciado, publicado en su más intimas, altas  y despreciables privacidades. El contenido de sus políticas, sus estratagemas, sus opiniones reales, el contenido de sus líneas de información cifradas, ya no estarán a salvo de la lectura pública del mundo.

  Se trata de una información que era cifrada y ahora completamente pública, subrepticiamente desclasificada, que pasó de ser del estricto dominio del Departamento de Estado, a bien público, que desde luego le sirve tanto a los amigos como a los enemigos de los Estados Unidos.

 El mercado negro de la información de estado se agitará como nunca antes, hasta hacer que los más leales se vuelvan traidores y que la mayor parte de lo que se publique sea noticia.

Hay tres cosas interesantes en la jugarreta de Assange. Que haya encontrado y persuadido de colaborar a los eslabones más débiles de la cadena de informantes de estado. Desde “garganta profunda” no había un soplón más espectacular, que el cabo Bradley Manning.

Que los servidores transmitan copias digitalizadas de los documentos para ser encriptadas, de donde pasan a la mesa de re-lectores, para luego proporcionarse, a través de un número clave, a los “periódicos asociados” (NY Times, Le Monde, The Guardian, El País, Der Spiegel). La función de ellos es convalidar – legitimar -  la información que alimenta a WL.

No se trata pues, de un adolescente que publica desde su habitación los chismes de su escuela en FB. O de un hacker que accede a algunos archivos del City Bank. Se trata de una asociación de TICs y medios, para informar a pesar del Estado, el mismo que administra las leyes de prensa, la jurisprudencia sobre la libertad de informar, el libre flujo  de información y el acceso a los medios, el derecho a la expresión.

La publicación de WL, como afrenta de estado, es mucho menos “ilegal” que todas las estratagemas a las que los Estados Unidos han apelado durante toda sus historia  para defender sus intereses. Que en un mercado negro de la información alguien compre información robada, la examine, la verifique, hasta estar seguro de lo que publica y lo haga, es menos ilegal que todo lo que los Estados Unidos han hecho con “diplomacias cañoneras” para derrocar y poner gobiernos en el mundo.

Los novelistas dieron cuenta del “estilo de nota” con que trabaja WL, la formalidad diplomática y la superficialidad convencional de los cables que se escriben todos los días en las embajadas. Norman Mailer, en El Fantasma de Harlot, se regodeó imitando el estilo de los cables, los informes y los reportes de la CIA.

Chávez, gracias a WL, ahora sabe que Obama no tiene interés en invadir Venezuela, y Evo podrá rascarse con mayor tranquilidad su nariz.

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