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Paquete chileno

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Volvámosle a echar la culpa a Dios. Así lo enseña la Seguridad Democrática, la ley y el orden. Parecería Él haber dado muestra, una vez más de su equidad, de su imparcialidad. Quiso que una fuerza natural estremecedora se desatará contra el pueblo más miserable y el más próspero del continente latino: Haití y Chile. Dios es justo, Dios es grande.

El “milagro chileno” consistió en tapar asistencialmente la pobreza, en un clima de inversión. El terremoto lo que hizo fue agrietar la veladura neo liberal que separa a las dos Chiles – según Jorge Ramos – y que tan bien ha calado a los gobiernos de Chile, desde Pinochet.

El gobierno de Chile, a través de sus redes de alerta, las agencias de prevención de desastres, la Armada, no fue capaz de avisarle a la gente del tsunami, que causó más víctimas que el terremoto mismo. El gobierno de Bachelet pasará a la historia por haber fracasado en el cumplimiento de su obligación para con la sociedad civil en lo más sagrado, la vida. 

El ejército volvió a salir a las calles, a imponer el orden. Multitudes de chilenos se lanzaron a arrasar con los supermercados, a llevarse desde el efectivo hasta un cactus. Puestas en extremo las multitudes, por una desgracia natural, reaccionan como reaccionaria cualquier que estuviera en su situación. Pero quizás no hay un pueblo más temeroso de sus fuerzas armadas que el chileno. La historia está muy fresca, la tradición de fuerza bruta institucional restaña heridas recientes. Se decretó el toque de queda. Se restringió la movilización de periodistas. Se militarizó el sur. El gobierno de Bachelet y el de Piñera, implícitamente han aceptado la ayuda internacional, reconociendo también implícitamente, que la prosperidad chilena, su autosuficiencia económica, no ha alcanzado más que para la mitad del país. Hasta Alan García les tendió la mano, a pesar del diferendo por el que atraviesan sus relaciones.

Haití y Chile necesitan de la ayuda internacional. Son tan vulnerables, porque ambos están inmensamente divididos. Hoy todavía, las ayudas internas y externas, los abastecimientos básicos, la reparación de servicios, no llegan al sur de Chile, mejor que lo que llegaron a Puerto Príncipe. Los últimos días de Bachelet la mostraron desbordada, desleída en su autoridad, dando declaraciones de un falso y relamido optimismo, con una presencia agotada, errática, sin sur.

Todo lo mejor de su función se le vino abajo en el último minuto a la Presidenta. El terremoto tumbó el muro que durante tantos años todos los gobiernos de la coalición, liberales y socialistas, levantaron entre la habitación miserable de medio Chile y la sala bonita y moderna de la otra mitad. Separadas por un velo neoliberal rojo con rosas estampadas. 

 

 

 

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