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El aura meta criminal de la novela

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En la obra de Bolaño siempre hay algo que desaparece, que deja de estar. En última instancia, ¿qué es lo que deja de estar, pero que amenaza con la fuerza de la presencia ausente?

          La literatura – como todas las otras escrituras - induce modelos de percepción, valga decir, de interpretación. La novela criminal clásica, en particular, propone un modelo de desempeño narrativo basado en la tensión que causa un enigma y el esfuerzo por su resolución, aunque no siempre se consiga. La urdimbre de la novela criminal está basada en un campo de problemas,  en todo sentido: para la víctima, el victimario, el lector, y desde luego, el autor.  Un problema de vida, para los dos primeros, y un problema lógico, para los dos últimos.

         Los Detectives Salvajes se ordena como un «sándwich» - la ópera de los cincuenta y pico de primeras personas - entre el prólogo-diario de García Madero, y un epílogo, el crimen de Cesárea Tinajero en la segunda parte del diario de García Madero. ¿Cómo es posible armar y desarmar, el dispositivo de la investigación real visceralista que conduce al crimen de Cesárea Tinajero?

         En la literatura criminal siempre nos encontramos entre dos historias: la del crimen, la red de indicios que urden la trama, y la otra, la  de la investigación, o la del esfuerzo lógico y dramático, por revelar el misterio. Pero en la estructura de los Detectives Salvajes, aunque todo  ocurre en los mismos términos que en la novela criminal, sucede al revés, porque Bolaño no introduce un crimen que arrastra el curso de los acontecimientos de la investigación en la novela en pos de una resolución, sino que el movimiento concurrente de los personajes precipita su investigación al crimen. Un crimen rodeado del más denso misterio, y que – al menos - para el lector no se resuelve dentro de la novela, ni fuera. Ni entonces ni ahora. Como en la novela de Agatha Christie, El crimen del Oriental Express, donde lo que ordena la narración es la secuencia de doce interrogatorios, doce voces que conjugadas son el material de la investigación.

      En sentido estricto la novela de Bolaño no es un relato criminal, es más una novela meta criminal, que invierte el orden del modelo, el de los términos del  dispositivo narrativo. Y aunque se repite la ceremonia – crimen/investigación – que se encuentra en Agatha Cristhie, Chandler o Hammet,  la investigación – sobre la que se monta el relato - no aclara un crimen, lo precipita involuntariamente. Un crimen, que por tanto, no se aclara, no necesita aclaración, porque cuando los detectives llegaron al desierto, Cesárea ya había muerto.

     La novela meta criminal de Bolaño es una máquina de lectura que asedia el sentido convencional del género: se enfrenta al enigma de reconstruir o construir un sentido extraviado, divergente, circular, a través de una investigación que por momentos parece el curso del vuelo de una mosca.

    La máquina de enigmas montada por Bolaño, nos acerca a Enigma, primera máquina que contenía un mecanismo de cifrado rotatorio, que permitía usarla para cifrar, como para descifrar. Un espacio múltiple y ambiguo por donde el sendero se tiñe de sangre, se abre el borde de los precipicios en un reto irrevocable al estilo, y se avanza por entre los médanos de antiguas y nuevas frontera, entre el sentido y la intriga.

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