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La performance del perico en el alma mater

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Marion Barry fue alcalde de Washington durante tres períodos consecutivos. Estuvo  en el cargo hasta que fue arrestado el 18 de enero de 1990 en compañía de Hazel “Rasheeda” Moore, en posesión de una dosis más que personal de bazuco. Los aviones norteamericanos  que iban a dejar armas a los contras en Nicaragua, regresaban a casa cargados de cocaína y marihuana. Los militares movilizaban los cargamentos, igual que los mafiosos, para que una vez distribuida la mercancía, pudieran invertir las ganancias en una operación de rescate en Irán. La mafia norteamericana ¿no utilizó durante la guerra de Viet Nam, los aviones de la fuerza aérea para traer heroína del sudeste asiático, no utilizó los cadáveres de los soldados que regresaban en bolsas negras,  para hacer pasar la droga?

¿Guerra contra las drogas? ¿Cuál es el trasfondo de una guerra perdida? ¿A qué pesada broma juega el poder en su guerra contra las drogas? Cientos de policías cómplices, jueces, funcionarios, servicios de inteligencia, políticos, militares, en México, en Colombia y ahora en el Perú, donde los narcos mexicanos están invirtiendo los excedentes. ¿De qué guerra hablamos, cuando no se ha reducido la producción, ni la oferta, no se ha quebrado la cadena de precios, ni el transporte rápido, ni los sobornos? El negocio es tan bueno, que da para comprar cualquier cosa. En Colombia los excedentes se han invertido en comparar partes del Estado. El impacto ha sido el que todos conocemos: un estado mafioso.  

Las muertes de Galán, Jaramillo y Pizarro, son hechos que apoyan la idea de que no hay voluntad de guerra, y por tanto voluntad política. Es más una guerra mediática, de declaraciones, una guerra de cifras, de fumigaciones, de decomisos, de quema de laboratorios, arrestos, de chivos expiatorios (caso Galán), pero  que en definitiva no quiere quebrar el poder de las mafias. A ningún Estado le importa la salud humana. Si les importara habría adoptado multilateralmente la legalización con asistencia social.

La performance  de Tania Bruguera  en la UN puso la coca prohibida en una obra, que como tal se puede leer de varias formas. Casarse con una sola lectura es tonto. Quienes  rechazan la obra están en todo su derecho, por incluir la coca, por ser un show de tercera, por el efectismo mediático, por la provocación kitsch, por  lo que sea.

“La única responsable de la obra soy yo” señaló Tania, al aclarar que envió su proyecto a la Universidad Nacional, y que durante la representación le censuraron la distribución del perico cocaína y de un arma. ¿Qué esperaba? ¿Que una institución educativa del estado, avalara el hecho público, de algo que es ilegal y por lo tanto estrictamente privado? ¿Quería que la felicitaran por legitimar el consumo, valiéndose de una ligera representación sin mayor gracia? 

A mi el show me parece baratero aunque provocador. Y desde luego, la provocación  es un buen filón, para  instigar la hipocresía estatal, la doble moral oficial, el régimen filisteo de la prohibición, la moralina de los consumidores que permanecen en el closet. Pero me gusta pensar, que la representación es una invitación a la legalización. Un chuzón a la penalización del consumo, al desmonte del régimen de libertades individuales.

Si la performance hubiera encontrado una resolución inteligente, habría eludido el consumo público para mostrar un consumo simbólico que abriese la puerta a la guerra contra la mafia, más que a la guerra contra la cocaína. La única guerra efectiva, radical: quebrar a las mafias, con la legalización. Pero las mafias no se quebrarían solas, así que la guerra, más que voluntad política de combate, se libra entre una larga cadena de comprometedoras complicidades, que le quita credibilidad a “la guerra contra las mafias”. ¿Quién quiere quebrar a las mafias, Washington, el DF, Bogotá, Lima?  El resultado de las políticas contra el narcotráfico es tan ineficaz, que los ex presidentes Cardozo y Gaviria – ambos campeones de la lucha sin cuartel contra el narcotráfico durante sus tristes administraciones - , debieron reconocer el fracaso. Pero su hipocresía cómplice, no les permite proponer la legalización, como sería de esperar, si creyeran completamente en serio el argumento del fracaso. No proponen nada. Lo mismo que Tania.

“Arte de conducta” – según Tania - busca que “el espectador responda ante los elementos de la escena”. Es decir, que si le ofrecen cerveza se la beba, si le echan agua sienta frio, y que si le ofrecen perico se lo meta. Perdónenla, equivocó la performance.   Ella es una víctima estética de buena voluntad,  que dio la papaya para que ahora la juzguen moral y legalmente, por haber  distribuido “tres o cuatro” banditas de perico en el auditorio del alma mater. Además de todo tacaña.

 

13/09/2009 00:23 albertobatalla Enlace permanente. sin tema

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