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Molano et al

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Algunos domingos Alfredo Molano nos levanta con una columna en El Espectador, en la que para darse un alto en la briega descifra su nostalgia. Un ejercicio que lo salva, algún domingo que otro, de la dura tarea de señalar como lo ha hecho siempre, la bellaquería de lesa humanidad del Estado. Entonces comienza a narrar, con la agilidad - de cronista andariego - con que ha escrito diez libros.

Hace un par de domingos evocaba su época de ladrón de libros. Estudiante de sociología de la UN, izquierdista cerrero, alternativo de mochila y pelo largo, que sin dinero, se veía obligado a ir a la librería de Karl Bucholz  a deslizar algunas obrillas bajo su chaqueta, a cuenta del viejo, que sin hacerse el de la vista gorda, ayudó a que muchos encontrásemos el punto B de lectura. Comenzamos a leer cosas cada vez más buenas cuando aprendimos a robar libros, por necesidad, desde luego. Un delito de subsistencia.

Yo anduve enrolado en el “séptimo de caballería” del ejército de ladrones de libros, en el mismo regimiento donde estuvo Alvarado Tenorio. Debo confesar que mi necesidad era grande, y yo era y sigo siendo débil. Diciembre de 1971, 28 de diciembre, habíamos viajado desde Buga para ir a la librería Nacional y a encontrar a los amigos.

Molano recuerda cómo después de haber salido de la librería, una cuadra más allá, fue detenido por la policía, que lo condujo a una inspección donde retuvieron la mercancía letrada,  le llenaron su ficha, le hicieron la foto de reseña, y le untaron el dedo con tinta negra, para que les dejara su huella.

Yo era maoísta, también por necesidad, otro crimen, no sé si de subsistencia. Sin embargo, una vez adentro, mientras contemplaba cientos de nuevos títulos de distintos colores y tamaños, la ansiedad me asaltó y me obligó a robar un libro de Trostky: el segundo tomo de Cultura y revolución. Había leído el primero, y quería saber en qué paraba la cosa. El único dinero que tenía era el de beber, así que ni modo. Aunque la librería estaba llena, los vigilantes nos descubrieron por la facha de lectores pobres. Así que antes de salir nos atraparon a los dos, nos condujeron a una oficina, me quitaron el libro, sacudieron nuestros bolsillos y se quedaron con todo, y para que el castigo fuera suficientemente aleccionador, después de limpiarnos llamaron a la policía. Salimos de la librería esposados en el santo día de los inocentes a la Plaza de Caicedo, en medio de una pequeña aglomeración  pública. A ella la treparon a una radio patrulla verde llena de putas y la condujeron a la inspección del Calvario. A mí en otra, a los patios de la policía en la primera, donde todavía está el cuartel general, a pesar de los bombazos. Me tuvieron dos días con sus noches en un patio descubierto de tierra, en una especie de retiro –apropiado a la fecha – con lo más granado del lúmpen caleño, recogido por esos días en el centro y la quince. Dijeron que el caso había pasado a un juzgado, pero que como habían cerrado por la fecha, tendría que esperar en el patio, hasta el siete de enero, en el que un juez conocería de la causa.

Solo unos días después de la celebración del año nuevo me enteré de la forma como logró rescatarme del coloquio, un 30 de diciembre a las cinco de la tarde. Lo que recuerdo con más vivacidad y emoción cuarenta años después, es el larguísimo beso que nos dimos en la esquina apenas salí. Entonces ella sacó de su mochila el libro de Trotsky envuelto en papel regalo y me lo extendió.

También casi cuarenta años después, a Molano le reaparece el expediente de ladrón de libros, después de que debió marchar al exilio para salvar su vida, y mientras Araujo et al, lo querellan a nombre de todos los victimarios.

 

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