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¡Sálvame, Joe Louis!

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“No busco riqueza, esperanza, ni amor, ni siquiera un amigo”

R.L Stevenson. El vagabundo

Un negro en la cámara de gas. El Estado lo va a asfixiar. Un largo estetoscopio le permite al médico seguir su corazón. Los parlantes en la cámara permanecen abiertos. A la primera descarga de gas comprimido, el negro se revuelca en la silla y grita: “Sálvame, Joe Louis”.

“Sálvame, Joe Louis” es lo que grita Boris Manrique durante toda la novela, la primera de Andrés Felipe Solano, un “artista adolescente” víctima de los jesuitas. “Ese mar de nada que era mi vida” dice Manrique refiriéndose a la suya. Solano ya no es tan joven como para haberse evitado el dolor de una novela, pero el aburrimiento es precoz. Su opera prima bogotana es consecuencia irredimible del aburrimiento. Esa cosa cultural bogotana de la city de Solano. El aburrimiento que causa ver en el escenario a Alvarado contra Abad, a Alvarado contra Jota, a Mariana Ponsford con Alvarado, a Antonio Caballero con Mariana, a Andrés Hoyos contra Mariana y a Jurisch contra Alvarado.

“Apenas es mi primera novela, así que hablar de influencias literarias me suena a atrevimiento. Sólo puedo decir que mientras la escribía hice una pila con algunos de los libros que más quiero, quizá para no olvidar que me han alegrado los días, que me los han hecho menos largos, y bueno, sobre todo para no extraviarme, para tener siempre presente el tipo de novela que quería lograr. Los libros de los que hablo son Herzog, de Saul Bellow; Argos, el ciego, de Gesualdo Bufalino; Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; Matadero 5, de Kurt Vonnegut; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger; Viaje al fin de la noche, de L.F. Céline, y Sin remedio, de Antonio Caballero. Después de terminar la novela encontré un libro de Phillip Roth que podría añadir a la pila. Se llama El lamento de Portnoy. De alguna manera me gusta pensar que Boris Manrique comparte el espíritu y la sangre de los protagonistas de estos libros”.

El man, Manrique, es un fotógrafo asalariado de eventos bogotanos – los peores: los de galerías de arte – víctima de su instinto domesticado en apartamentos del estrato cuatro, de muy poco carácter, aburrido, anticuado (todavía lleva consigo la Parker 51 de su abuelo), adicto a la TV, pero capaz de escarnecerse. Y eso siempre se le agradece a un personaje, posiblemente porque el escarnio no se olvida.

La atmósfera, la misma Bogotá, treinta años después de la de Sin remedio o la de Satanás. Más sucia, más aburrida, más corrupta. Es una novela de personaje, fina, con acabados de primera, divertida, aguda. Una "biografía" de un tipo aburridísimo que termina convertido en la Doctora Victoria Zúñiga. Doctora Corazón de la revista donde trabaja. Manrique ya ni siquiera es víctima de las trampas de la identidad, su falta de sentido lo inmuniza. La falta de amor lo marchita, la falta de aventura lo trivializa, lo aburre más, lo aplasta contra una hilera plana de días. Un tipo que tirado en la cama, mientras ve una película, le puede soltar a uno algo como:”prefiero la más baja de las lujurias a creer que el amor llega a salvar mi vida como un ungüento.

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