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Nicolas Gómez Dávila: de la demofobia a la biblioteca

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Juan Moreno Blanco

Los “Escolios…” tratan una gran diversidad de temas; éstos son, sin embargo, limitados. Si se hiciera su inventario se empezaría a dibujar el perfil intelectual de su autor y el ámbito o contexto que escogió para abrirse paso con sus tesis, ideas y afirmaciones. Por ejemplo, el tema de los méritos de la humanidad (“Pocos son los países que no merecen que un tirano los gobierne”, Sucesivos E…, p.168); el optimismo (“Deprimente, como un texto optimista”, Sucesivos E…, p. 166); la ridiculización de la política (“Los partidos políticos no se disputan hoy por los programas. Se disputan, al contrario, los programas”, Escolios…, Vol. 2, p. 183). Se podría decir que no hay un tema al que el autor haya concedido más importancia que a los otros sino que todos están sabiamente dosificados para lograr, como en la técnica pictural pointilliste, un paisaje temático total sin centro pero con coherencia global. Empero, podríamos tratar de concentrarnos en una pareja de temas que parecen corresponderse y alimentar conjuntamente una coherencia local. Es el caso de, por un lado, la aversión de Gómez Dávila a las multitudes y a lo que de ello se deriva y, por otro, el culto de la experiencia individual de lectura en el refugio de la biblioteca.

La biblioteca y la experiencia de lectura en ella es asociada con frecuencia al aislamiento social. Parece un dispositivo de protección contra el “mundanal ruido”. Así lo menciona Jorge Larrosa a propósito de la decisión de Michel de Montaigne de retirarse del mundo para estar solo con sus libros:“Las paredes de la biblioteca querían ser una barrera de protección tras la que mantenerse a distancia: un dique firme edificado contra un mundo que no era sino variabilidad y simulacro, una muralla erigida contra la usura del tiempo.”[2] Este aislamiento vivido por muchos escritores de diferentes épocas y culturas es una elección personal que no necesariamente es presentada como un valor contra algo o contra alguien. En contraste, en Gómez Dávila, aunque no encontramos la afirmación explícita de ello, pareciera que la biblioteca se presenta como un contrapeso que la experiencia logra salvar del “peligro” de lo común o lo masivamente compartido. En el espacio/tiempo de la biblioteca la experiencia-mundo es radicalmente opuesta a la experiencia-mundo en vecindad con le démos, el más de las gentes, el pueblo, la masa. Gómez Dávila cree que cuando los hombres se juntan el resultado es que la identidad individual se pierde y con ella la lucidez y el buen criterio : “Los hombre, en su inmensa mayoría, creen escoger cuando los empujan” ( Escolios…, vol. II, p. 224). La masa comporta ausencia de belleza, de suerte que por defensa de la belleza habría que repudiar a la masa: “La definición de densidad demográfica óptima debe darla la estética” ( Escolios…, vol II, p. 219). En la masa las calidades humanas se pierden: “La presión demográfica embrutece” (Sucesivos…, p. 142). Tras la masa se pierde la dignidad: “El individuo se declara miembro de una colectividad cualquiera, con el fin de exigir en su nombre lo que le avergüenza reclamar en el propio” (Escolios…, vol. II, p. 142). En las antípodas de esta experiencia junto al Otro amorfo que se confunde con la masa, el ser vive la soledad que se parece a una plenitud: “El espíritu es el florecimiento del silencio y de la rutina”, “Tedio es el antónimo de soledad” ( Escolios…, vol. II, p.213). Y ese lugar en que la soledad revive al hombre y le da su lugar en el mundo es la biblioteca: “El ‘elitismo’ (como dicen hoy los imbéciles), es el principio de base tanto de las instituciones como de las bibliotecas” ( Nuevos…, vol. 2, 119).

Pero, para Gómez Dávila, la biblioteca, donde se vive la experiencia de la soledad, no es un valor en sí. Ella tiene valía porque es en ella donde se perpetúa lo único que se salva del espíritu humano: los saberes que vienen de los pisos antiguos y lejanos de la Europa occidental: “Las ideas de menos de mil años no son totalmente fiables” (Nuevos…, vol. II, p. 86); “No leer sino latin y griego durante algún tiempo es la única manera de desinfectar el alma” (Nuevos…, vol. II, p. 115); “Suprimir la enseñanza de los lugares comunes que abundan en las letras latinas y griegas es privar al hombre del alfabeto de la sabiduría humana” (Nuevos…, vol. II, p. 177). Y el legado euro-occidental no tiene que ver nada con las prácticas de comunicación aural (frente a frente), en que la palabra se impregna del evento y sus coordenadas presentes, más bien su perpetuación se da mediante la comunicación diferida que se hace mediante el libro, tesoro de la biblioteca: “El hombre no se comunica con otro hombre sino cuando el primero escribe en su soledad y el otro lo lee en la suya. Las conversaciones son divertimentos, engaño o esgrima”; “El libro nos permite evitar la conversación con los discípulos” (Nuevos…, vol. II, p. 88 y 83). Gómez Dávila es pues un sujeto cultural cuya existencia sería imposible fuera de la Galaxia Gütemberg, es decir, de la cultura letrada. Su desconfianza ante la palabra en situación de comunicación frente a frente y ante el ser común y corriente cuya cultura es tan diferente a la suya, lo lleva a ver en la biblioteca el centro del espíritu humano y en el libro el único medio de salvar lo que en la historia merece ser salvado. Más allá de las orillas de esa cultura marcada por la letra, el mundo no existe.


[1] “Démos”, pueblo; “fobia”, aversión.

[2] Jorge Larrosa, “El laberinto y el río (Montaigne en su biblioteca)”, La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación, FCE, México, 2003, p. 316.

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