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La coartada socialista

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Hugo Chávez bien podría pasar a la historia, sólo por su intento de implantar en Venezuela el socialismo por decreto. Aunque vaya uno a saber en qué consiste ese novísimo socialismo modelo siglo XXI, ultramoderno y actualizado, que el Coronel quiere institucionalizar, por vía de un capitulo constitucional, en la patria de Simón Bolívar. Un socialismo debidamente financiado por el petróleo, por la crisis mundial de combustibles y el rango competitivo de las reservas. Un socialismo que se declara “bolivariano, humanista y cristiano”.


De la misma manera que los ratones cuando ven a los murciélagos creen que es Dios, las sociedades se acostumbraron a creer que el socialismo es el de Felipe Gonzáles, el de Mitterand, el de Tony Blair, el de Michel Bachellet, el de Kirtchner, el de Lula, el de Ortega, hasta el de Fidel y Correa. Cualquier cosa que se diga progresista, populista, democratera y reformista, se tornó socialismo. De la misma forma que en el siglo XIX y XX, cualquier cosa con tintes progresistas y abiertos se llamó liberalismo. El socialismo ha sido tan progresivamente violado en su espíritu, tan desfigurado, tan cuidadosamente enajenado, que posiblemente no lo reconoceríamos si lo viéramos. El proyecto se prostituyó en manos de los liberales que se quedaron sin liberalismo.


El ensayo socialista del Chávez no deja de ser curioso, en tanto en los hechos concentra el Estado, los medios y la propiedad, elimina la independencia de poderes, no reduce la pobreza, ni el desempleo, ni mejora la redistribución social, y desde luego no hace creíble el presunto respeto por el derecho a la disidencia. El ensayo socialista ni siquiera da cumplimiento satisfactorio al programa del liberalismo. Por el contrario, contradice muchos de los supuestos progresistas del Estado liberal clásico.


Aunque el liberalismo como opción histórica se agotó en el siglo XX, los liberales pululan en sociedades que no encontraron la vía para hacerse representar. Ni siquiera eso se logró, pero aún así los liberales sienten el gusto publicitario de camuflarse y confundirse, por necesidad política, entre los pliegues edulcorados de un socialismo portátil, light, de ocasión, que más que un proyecto es una coartada.


Curiosamente la clase obrera en todos estos proyectos de socialismo light no tiene protagonismo de primera página, los partidos obreros ni siquiera existen, los sindicatos no actúan políticamente, no son fuertes, carecen de opinión civil, condescendiendo con la idea liberal de que apenas deben ser palancas gremiales.


El papel rector de la clase obrera en la realización del socialismo quedó como emblema de la nostalgia ortodoxa del viejo proyecto socialista que formulasen Marx y Engels para la Primera Internacional. Eso era válido, dicen los liberales, en el siglo XIX y parte del XX, cuando la clase obrera podía tener un proyecto independiente. La socialdemocratización de la clase obrera fue oportunamente anunciada por Marx y Lenin. La clase obrera, a la que por su condición le es dado conducir a la sociedad al socialismo, debió cambiar su programa por el derecho a tener un lugar más cómodo en la sociedad capitalista. En eso ha terminado la clase obrera, tanto la de los países desarrollados como la de los no desarrollados. Ya no es una clase que pretenda cambiar la vida y transformar el mundo, ni más faltaba, se consuela con cosas más modestas, tener mejores salarios para mejorar su capacidad de compra, participar de las contrataciones, tener más prestaciones extralegales, seguridad social, y cooperativas de consumo en vez de sindicatos independientes.


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