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Otra lección de anarquismo

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Colombia es un país en donde la escéptica consigna de “piensa mal y acertarás” se ha quedado corta. Casi siempre pensamos mal, que fue como nos enseñaron, pero aún así, no acertamos en la realidad caníbal de los hechos. Quisiéramos imaginarla peor de lo que es, para que en realidad no fura tan cruda, pero es muy difícil. Cuando la pensábamos bien, la realidad nos desmentía, y ahora que la pensamos mal, también. Por eso terminamos en el anarquismo.

La sociedad civil está en indefección frente a los poderes instalados. No tiene partidos propios, no tiene un capital civil disponible, no tiene medios de comunicación, algunos de sus derechos constitucionales el Estado no los hace respetar. (Recuerden el hundimiento de la ley de igualdad social y patrimonial para parejas del mismo sexo. Hundida, cuando ya había sido aprobada en sesión final, por acción de unas onces celebratorias en Palacio que arruinaron el quórum de conciliación).

Pensemos mal: el “Estado constitucional” representa a la pandilla civil y militar “democráticamente” puesta en el poder por vía electoral. De la acción monopolista legal de la fuerza, ejercida por el Estado legítimo, se pueden esperar hechos ajustados a la ley, pero también atrocidades que quedan impunes, y otras ante las cuales el Estado ha tenido que pedir perdón. Matanzas de civiles, retenciones ilegales masivas, falsos positivos, alianzas con paramilitares, fuegos amigos y fuegos “enemigos” al encontronazo entre funcionarios oficiales trabajando para dos poderes distintos.

El “Estado mayor” guerrillero, ese casi mítico Secretariado de los guerrilleros más viejos del mundo, de donde salen comunicados que van a dar a la Internet; ese también es una pandilla militar que sólo se representa a sí misma, aunque tenga cartillas políticas impresas en tinta roja. De ella solamente pueden esperarse atrocidades: reclutamiento de niños y jóvenes, secuestros extorsivos, asesinatos de ciudadanos extranjeros, violencia indiscriminada contra la sociedad civil, ataques a ambulancias, tráfico de cocaína, violencia ambiental, ejecución de prisioneros, campos de concentración, carros bombas, burros bombas.

El “Estado para”, de la misma manera, no se representa sino a sí mismo, sin cartilla de ninguna clase, con las armas, pero necesita Estado. Los jefes han llegado al poder por las armas, pero eso no quita que se necesitan políticos, abogados, cargos, presupuestos, contratos, votos.

El Estado Para es un híbrido concebido en la concurrencia devastadora de los distintos poderes. Surgió con sanción legal original, para enfrentar como “justicia privada” a las FARC. El Estado no actúa directamente en él, por el contrario legalmente debe combatirlo. Uribe incluso ha ido más lejos, lo ha desmovilizado para un proceso de paz. Actúa extraoficialmente a través de agentes políticos y militares, algunos de los cuales hoy están en la cárcel, son procesados por la justicia o están prófugos. Y el “Estado mafioso” que le da al paramilitarismo su sabia de alta pureza, para que se nutra bien y crezca sano.

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