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La dictadura perfecta

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Toda sátira induce a gracia. La satirización de una situación de poder en un film mexicano, La dictadura perfecta, causa estupor y una risa ácida. Cómo no reírse de Carmelo Vargas, que más que un personaje es la caricatura del “gobernador de estado”. “Mi Gober”. Pero es una risa muy complicada, porque a pesar de reírnos de lo grotesco prototípico de muchos gobernadores mexicanos, terminamos riéndonos de las víctimas de esa “dictadura perfecta”, que también somos nosotros. El film de Luis Estrada es una compota envenenada.

La cinta, al contrario de Santa y Andrés, vetada por la oficialidad cubana,  fue elegida por la Academia mexicana de artes y ciencias cinematográficas, para representar a México en los Premios Goya en el 2015.  

Luis Estrada es el mago que hace todo, produce, dirige y escribe. Tomó como referencia casos de la vida mexicana durante el periodo Peña Nieto: los vídeo-escándalos de Ahumada, Salinas y Bejarano; “El Gober Precioso”; la desaparición de Paulette; las aventuras de "El Chueco"; la simulada captura de Florence Cassez. Con la intención declarada de denunciar la alianza siniestra entre los medios (Televisa) y el poder estatal.  

Para los medios la “realidad” y la “verdad” (lo que dicen que es su compromiso, su razón de ser), se traslapan a unos escenarios móviles, cambiables, como si todo no fuera más que un reality. Reducen la distancia entre los hechos y la ficción de los hechos, hacen montajes, hacen pasar dramatizados como documentos, someten los hechos al efecto de la “caja china” (consagrada como metodología por los medios).

La caja china es un leitmotiv del film, porque más que el efecto de pequeña percusión asordinada del instrumento musical, es el poder de magia oriental de la caja, que desaparece, opaca, cambia, transmuta, invierte los hechos, objeto de información. Ni más ni menos que lo que haría Mr. Trump, si fuera el dueño de un medio.

Mientras el poder político local provincial en su conjunto es caricaturizado en su violencia estructural, en su corrupción, en su impunidad, en su virtuosa imbecilidad,  en su forma mafiosa de divertirse, el poder de los medios es mostrado seriamente, con personajes perfilados, sin ánimo de gracia, sin exageración, sin escenas relamidas.

Estrada obliga a los mexicanos a reírse de su condición de víctimas de la alianza que denuncia. El veneno estético que ha inyectado al film ayuda a que la realidad que muestra satirizada nos lleve al dolor, no hay ningún motivo para la alegría, pero también a que el dolor nos haga posible alguna forma de reaccionar.  Si no fuera una sátira, si no se hubiera caricaturizado una buena parte del film, el peso dramático nos aplastaría. Ha tenido que amortiguar el efecto corrosivo de lo que muestra, con un desparpajo cínico que le permite la recreación del “grotesco mexicano”.

No es una película para el viernes en las noche con la novia.

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