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Treinta años sin verdad

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Hace treinta años ocurrió la masacre del Palacio de Justicia, insólito, pero que muestra bien quiénes somos. Somos capaces de asaltar la Corte para acometer un acto de justicia. La primera exigencia del comando del M19, era que el Presidente se presentara para ser juzgado. Actuaban como si hubieran tomado el poder y el aparato de justicia revolucionaria llamase a los criminales de guerra.

La toma fue la más extrema y publicitaria estupidez que emprendió el M 19. Entre delirantes optimistas e idiotas útiles, eran los hombres que actuando con unos ideales, se les ocurrió que un plan pudiera funcionar. Creyeron que el aparato militar iba a dejar que se tomaran la justicia, que llamaran a juicio al presidente y hasta cerraran el parlamento, por el hecho de tener como rehenes al cuerpo togado de justicia del más alto rango en Colombia.

La retoma del ejercito fue la más extrema y publicitaria estupidez. Ni la inteligencia militar, ni la diplomacia, ni los medios, sirvieron para que los militares quisieran mediar, para ellos no había nada que mediar, había que arrasar al M19. De nada valieron las vidas de los magistrados, por los que hoy el gobierno de Santos pide perdón. Si trataron como trataron a los ciudadanos que salvaron su vidas del incendio y fueron conducidas a a la Casa del florero, cómo no iban atrtar a quienes se encontraban adentro. Entraron disparándole a  todo lo que se moviera, arrasando con el M19, se llevaron a los magistrados y a los ciudadanos. En un debate de Gómez Méndez en la Cámara, a finales de siglo, él mostró como los proyectiles encontrados en los restos de las víctimas eran del parque privativo de las fuerzas armadas.  

Belisario, viejo güevon, se portó, se ha portado y se seguirá portando, hasta que  muera, como un güevón, en cuya palabra no se debe confiar. Un viejo mequetrefe que se dejó dar un golpe de estado militar de 48 horas, y no fue capaz de hacer nada, por temor a desestabilizar las instituciones. Nunca dijo la verdad, se morirá debiéndola.

Durante treinta años hemos ido agregando y ajustando con paciencia las piezas del incidente, elementos de verdad, probatorios, de investigación, para saber qué pasó con las víctimas, donde están sus cuerpos. Los que salieron vivos del Palacio y jamás regresaron a sus casas. El país coincide en que fueron actos criminales, delirantes, de desquiciados, y que todos, gobierno y M19, son responsables de la masacre. Responsabilidad que nadie del gobierno de Belisario reconoció. Ni la justicia que naufraga en millones de folios. Ni los ex M19, que nunca dijeron toda la verdad, aunque pidieron perdón y recibieron amnistía, y fueron al Congreso y a la alcaldía de Bogotá.

Al que más le creo de todos los que por estos días han estado dando declaraciones, entrevistas y reportajes, por el aniversario treinta de la masacre, es a Popeye: la cosa fue así, Iván Marino Ospina llegó una tarde a la fina del patrón – Nápoles – se encerraron y arreglaron, él les dio dos millones de dólares para que quemaran todo lo que tuvieran que quemar.

 

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