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Operación dulce

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Comienza con un epígrafe de Timothy Garton, en el que se queja de no haber encontrado en la investigación a una persona netamente malvada. Desafortunado epígrafe. Ilumina una verdad de Perogrullo en la caracterización. La novela  en sus tres cuartas partes nos muestra a Serena, buscando enamorarse de cuanto hombre conoce, en particular de aquellos con los que trabaja, el pusilánime, el genio y el administrativo. Y más allá de sus amores de oficina, el amor con un escritor.

Es una novela con variación de velocidad en el punto de giro, cuando una operación encubierta del M15 para atraer a un escritor, su obra, a la órbita de los autores financiados por los servicios de inteligencia del estado, fracasa. Escenificada a comienzos de los años setenta en Inglaterra.

La novela dice que George Orwell y Bertrand Russell fueron apoyados desde el anonimato, como muchos escritores de la guerra fría, con difusión, publicidad, premios, becas, visibilidad, por la inteligencia, sin que ellos mismos lo supieran. La CIA en Europa financió actividades culturales, temporadas, publicaciones, películas, periódicos, sin que los beneficiados supieran que estaban siendo manipulados por el poder con fines de propaganda.

El punto es, por qué el poder juzga que un escritor le es útil y otro no. Por qué en vez de becar, apoyar con recursos legales, por encima de la mesa,  como lo tenemos hoy con los programas de estímulos y concertación del MC, apelar a operaciones encubiertas. ¿Por qué tener que operar encubiertamente para apoyar la obra de un escritor? Ablandarle a los editores, moviendo medios, asegurando premios y reconocimientos, para que su obra sirva de propaganda al Estado. Ningún escritor aceptaría voluntariamente ser un escritor oficial, agente publicitario de una política y un orden. Enajenarse a tal punto le haría perder el rango de independencia creativa, sin el cual no es más que un publicista. Que el Estado no dude en cazar escritores no debe sorprender. Siempre tendrá una justificación oficial para hacerlo pasar por algo necesario.

La novela pone en primer plano la “operación Serena”, una pueblerina hija de un obispo anglicano que termina en el M15 con la función de mover y ordenar archivos. Su misión personal es la de ir enamorándose por turnos de los hombres que se le atraviesan. Y en segundo plano, el cómo se inmiscuye Serena en una operación –dulce– para cazar escritores.

Yo hubiera preferido una inversión de los planos narrativos, más inteligencia y menos sentimiento. Pero en fin,  Ian Mc Ewan sabe cómo escribe. Mientras se mantuvieron los planos superpuestos la novela llegó a aburrirme. Pero cuando en el cuarto final, McEwan cruza los planos, y la operación se viene abajo, ya Serena y el escritor se han enamorado, la novela se agita con una tensión casi convulsiva.

El escándalo originado en una filtración del administrativo del M15 a cargo de Serena, más por motivos personales que profesionales, hace que Serena pierda su trabajo, su escritor se vaya con el premio Austen y el romance del piso de Brighton, termine.

Termina con una larga carta, el último capítulo, muy a la manera de las novelas tradicionales inglesas en las que la sorpresa hace que todo cambie, que todo lo que parecía no sea, y todo lo que era no pareciese. Revelaciones terminales que muestran que detrás de lo que se nos vendió existe un tinglado oculto de motivos, movimientos y gestos. La carta equilibra los planos narrativos, el del significado de ese amor que alcanzaron a oler, y los hilos tramposos de la inteligencia que sacrifica a los amantes en un final escandaloso de medios, en el que el M15 traiciona la M15.

La carta resuelve todas las incógnitas, tiene un tono tan rotundamente creíble que hace comprendamos que entre amor e inteligencia se teja un juego necesariamente perverso, que no obstante, nos encanta.  

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