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El sapo del perdón

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Uno de los problemas gordos del posconflicto: ¿qué hacer con la población de desmovilizados una vez firmado el acuerdo de fin de la guerra? La agencia de reinserción del Estado tendrá que tener un plan aprobado y financiado para darle solución a una situación de la que depende el futuro del acuerdo y que reposa sobre el acierto con que la sociedad colombiana consiga reintegrar legítimamente al grueso de los efectivos de las Farc.

Los más románticos dicen que el futuro del acuerdo reposa sobre el perdón. No discrepo, pero la experiencia en Colombia no me deja ser un optimista del perdón. No importa que no se perdone, basta que los antiguos adversarios cumplan las reglas de convivencia establecidas por la sociedad civil.

Que en el fondo de los corazones todo se perdone es conmovedor, pero si no se perdona, porque sobre el corazón no mandan leyes, es necesario sostener los acuerdos, respetar las reglas del juego una vez ha cesado el conflicto. Me parece difícil, sino imposible, que una familia campesina, que perdió a dos de sus niños y dejó sin pies a una niña, por las minas de las Farc en espacios de uso civil, la perdone. Tan difícil, como que Monseñor Uribe perdone a los asesinos de su padre. El perdón práctico significa desminar el corazón.

Pero, eso sí, exijo que las Farc desminen completamente al país, y que la sociedad civil de víctimas no apele a la venganza, como forma de darle curso a su falta de perdón.

La prueba de que el perdón no es un bien generoso, es que nunca, desde las primeras guerras civiles del siglo XIX, hemos perdonado, como se debe perdonar. Un hilo interrumpido de venganzas oscuras se tejió entre una aguerra y otra. Para Tirofijo la guerra comenzó en la venganza que debió llevar a cabo cuando las fuerzas militares le mataron los gallinas y los cerdos.

Los pronóstico respecto al futuro de la población desmovilizada de las Farc, es más o menos así: una parte – no sé pronosticar cuánta –permanecerá en la ilegalidad del narcotráfico, de las bacrim y los paramilitares. Otra parte se reintegrará la vida civil, si se le ofrece oportunidades de reintegración mediante el trabajo. Otra – la minoría – se dedicará a hacer política, los “marxistas”, los del secretariado, los jefes de bloque y sus cuadrillas de escoltas, irán con programa, bandera, por salones, espacios de televisión y prensa, haciendo campaña. Tendrán una circunscripción especial - por acuerdo -  y se sentarán con los legisladores a participar del juego de la democracia, que alguna vez dijeron que querían destruir.

Una opción que sugirió el Presidente fue la de incluir a la población desmovilizada en un cuerpo de policía rural de paz. Sin armas, con un bolillo, dice Clara López. Con caballo, como el cuerpo de carabineros que es nuestra gendarmería. No es una idea nueva, se ha hecho en Irlanda, en el Salvador donde se reintegraron en la Policía Nacional Civil, en Guatemala, y en algunos países africanos. La idea del Presidente salió de una idea que Petro dejó salir casi al desgaire, sobre la reinserción de militares ilegales activos en cuerpos militares legales. La derecha, el uribismo hirsuto, el ministro de la defensa, los periodistas lameculos, lanzaron rayos y centellas contra la idea. Nada de perdón hay en ellos, lejos están de aceptar que perdieron la guerra, lejos de aceptar que se tuvo que negociar y que la consecuencia natural de una negociación es que la sociedad civil, le abra campo a los  efectivos de un proyecto que fracasó.

¿Cuáles son las ideas alternativas? Reinsertamos a cinco o seis mil combatientes en la industria, en el comercio, los escolarizamos, les damos crédito para que se inserten a través del comercio y la empresa familiar? ¿Qué debe hacer la sociedad colombiana con ellos? Solamente si se acierta en la solución del problema de la reinserción, Colombia tendría una garantía real de que el conflicto terminó. De nada nos servirá que tras la reinserción, los miembros de las Farc corran la suerte de los guerrilleros liberales del llano que se reinsertaron con Rojas Pinilla, o de los casi tres mil asesinados de la Unión Patriótica.

Mientras la derecha vengadora que no olvida, no perdona y seguirá condenando después de la firma del acuerdo, no tendremos más que la zozobra de la reactivación del conflicto. Más que en el perdón, creo en el acatamiento a los términos del acuerdo y a las reglas de la constitución, aunque en los corazones trepiden aun los ecos del dolor.  

El perdón es algo de la íntima conciencia, del trasfondo del corazón, que cada uno verá cómo resuelve. Para el Procurador y el uribismo, los conservadores y una buen aparte de los liberales, el perdón siempre será un sucio sapo que no se van a tragar. 

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