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La espantosa trivialización del mal

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Antes de que Juan Manuel Santos se posesionara como presidente en el 2010, alguien escribió un grafiti en una pared del centro de Bogotá: “SE VA EL MAYORDOMO, LLEGA EL DUEÑO DE LA FINCA”.

En la mayoría de los casos, las elecciones son encerronas de la democracia, como las que van a ocurrir el próximo domingo electoral en Colombia, en las que se elige Presidente para el periodo 2014-2018. Es cierto, las dos opciones políticas en juego, llámense como se llamen, Centro Democrático o Unidad Nacional, son las mismas, lo cual significa que no hay opción.

Ambos, Uribe y Santos, como gobernantes y representantes, cada uno de una elite, son incapaces de resolver los problemas crónicos de la sociedad colombiana, ambas van con las manos untadas por inconfesables procederes de poder, responsables de lesa humanidad, repartidores de mermelada, corruptos y corruptores, manipuladores de los poderes públicos en propio beneficio, acaparadores de la propiedad, cooptadores de los medios de comunicación. Nunca han dejado de hacer lo que tuvieran que hacer para quedarse con el poder. Su consigna: todo vale.

William Ospina, en su oscuro opúsculo, dice que Santos representa una élite, la de la rancia aristocracia bogotana, la camarilla santafereña del poder, la de los negocios respetables y tradicionales. Pero oculta, que Uribe representa otra, la élite criminal, la aristocracia paisa de mercaderes del poder, que prevalidos de los procedimientos de la mafia y las mañas de los paramilitares, refundaron la patria. En la cronología de Ospina, la de Santos y los suyos, es responsable de las desgracias de este país hasta finalizar el siglo XX. Pero no Uribe y los suyos, responsables de las guerras sucias, la exclusión y concentración, los desplazamientos, el espionaje interestatal, los cohechos, los falsos positivos y la intimidación a la justicia, del siglo XXI

Si la élite de Santos se derrota el próximo domingo electoral, que es a lo que invita Ospina,  la élite de Uribe, comandada por ese zorro que es más una zorra, habremos conseguido hacer valer la diferencia de dos propuestas, a favor de  una nueva élite  
en la que “sus  parlamentarios, sus embajadores, sus ministros, sus jefes del DAS, sus comisionados de paz ante los paramilitares” están hoy judicializados. “Sus vecinos rurales del creciente latifundio de El Ubérrimo, como Mancuso, el jefe de las AUC a quien Uribe trajo ante un parlamento de uribistas que le recibió la visita con aplausos y le aplaudió también el discurso patriótico-uribista. Sus parientes, como su primo Mario, el hoy expresidiario que iba detrás comprando fincas abandonadas en la estela de las motosierras; su cuñada y su sobrina, reclamadas en extradición por narcotráfico; su hermano Santiago, señalado como jefe del grupo paramilitar de “los doce apóstoles”; sus hijos Jerónimo y Tomás, meteóricamente enriquecidos gracias al regalo paterno de zonas francas; su difunto padre, cuya avioneta personal fue encontrada en las cocinas de Tranquilandia del Cartel de Medellín, y cuyo cadáver fue a rescatar el mismo Álvaro Uribe en un helicóptero que le pidió prestado al narcotraficante y asesino Pablo Escobar. Sus colaboradores más cercanos: esos consejeros jurídicos que recibían en los sótanos del palacio presidencial a narcotraficantes que a continuación caían asesinados, esos compadres que canjeaban notarías por vacas, esos generales palaciegos que narcotraficaban, esos comisionados de paz que hacían montajes teatrales de rendición de falsos guerrilleros de guardarropía y recibían de falsos paramilitares armas de utilería. Y los responsables de la más innoble y horrenda farsa: la de los “falsos positivos” en los que tres mil –tres mil– inocentes, inocentes en todos los sentidos de la palabra, fueron asesinados para que sus cadáveres disfrazados con uniforme de guerrilleros engordaran las cifras triunfalistas de la “seguridad democrática”. ¿Qué responsables? El entonces ministro de Defensa Camilo Ospina, que dio la largada, los capitanes y coroneles y generales que ampararon la infamia, y el propio presidente Uribe que la justificó diciendo con desprecio sobre los asesinados: “No estarían cogiendo café…” (Antonio Caballero)

 

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