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Seguimos haciendo las cosas bien

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 En los resultados de las pruebas Pisa de matemáticas, ciencias y lenguaje, dadas a conocer en diciembre, Colombia – que ha solicitado ingreso formal a la Ocde – se situó en el lugar 62, entre 65 países. No sobra decir que quien diseña y aplica las pruebas Pisa, sea precisamente la Ocde, para medir el desempeño de los aprendizajes como factor de productividad. La Ministra Ocampo entonces reconoció el significativo descalabro internacional, pero al mismo tiempo aseguró que su Ministerio estaba haciendo las cosas bien. Le pedimos entonces, que por favor no las siguiera haciendo tan bien, a ver si en la siguiente medición, al menos no descendíamos. Pero, según parece, el Ministerio las siguió haciendo tan bien, que en la última prueba de habilidades cotidianas, quedamos de últimos entre 44 países. Países como Montenegro y Chipre tienen una mejor educación que Colombia. Quizás lo mejor, es que no volvamos a participar en las pruebas Pisa, alegando justificadamente, que toda comparación es odiosa.

La prueba de competencias cotidianas mide la capacidad adquirida en el sistema escolar para enfrentar situaciones y problemas de la vida cotidiana. Nunca como antes, había sido tan acierto, aquello de que es urgente salir de la Escuela, para comenzar a aprender. Porque lo que de fondo deja ver la evaluación de competencias, de dársele credibilidad, es que la Escuela no prepara para la vida, es una Escuela sin pertinencia, que ni siquiera enseña a leer y a escribir. Que no enseña a jugar, que no enseña cine, que no enseña cómo se hace una mesa o cómo se consigue un pasaporte, o cómo se arregla una moto, o cómo se escribe una solicitud. Una Escuela que confunde información con conocimiento, y tecnología con aprendizaje.

Las soluciones que se nos ofrecen son tan críticas como la situación educativa. Una fórmula mágica se impone: hay que mejorar la calidad del modelo, de los maestros, del currículo, de la didáctica…de todo. ¡Hay que mejorar la calidad! Un consenso de expertos lo pregona, porque de no subir la calidad, el modelo educativo colapsa el modelo productivo, porque la baja educación impacta negativamente el desarrollo económico, porque afecta el PIB, porque dificulta la formación de capital humano. ¡Hay que cambiar! Vuelven y nos dicen, hay que terminar con la memorización, como si hubiera memorización, las matemáticas son divertidas, leer libera, hagamos de la clase algo activo.

¿Quién podría oponerse a tales soluciones? Lo cual no evita que nos preguntemos, por qué si desde hace más de veinte años, estamos dando las mismas soluciones, la situación de la Escuela, en vez de haber mejorado – habida cuenta de que necesitamos mejorar y cambiar – haya desfallecido, se haya hecho inane y más aburrida.

Mi hipótesis es que a pesar de los buenos diagnósticos y las buenas recetas, no hemos descubierto cómo hacer, no tenemos el “know how”. Y no lo hemos descubierto, porque en el fondo tenemos un interés más declarativo que efectivo de conseguir una educación mejor. La prueba es que a pesar de toda la propaganda, campañas, programas, a favor de la escritura y la lectura, los muchachos siguen siendo alfabetizados que no leen. Para ellos, entre las cosas que menos felices los hacen, una de las primeras es la lectura.       

 

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