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La verdad sobre el caso Harry Quebert

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"El origen del mal"

 Joël Dicker es un niño de la literatura del siglo XXI. Nacido en Suiza en 1985 tiene dos novelas. Los últimos días de nuestros padres y La verdad sobre el caso de Harry Quebert. Escrita en francés y descrita como una buena mistura de Philip Roth, Stieg Larsson y Valdimir Nabokov. Que digan eso de una segunda novela, es una de dos, o un lambetazo ilustrado de un crítico de editorial, o el descubrimiento de un “monstruo perfecto”. 660 páginas de tensión sostenida, diálogos cinematográficos y una trama que es una filigrana tensa de hechos entrecruzados levantada con un juego polifónico perfecto de tiempos variables.

Dicker es un maestro de la trama y del punto de vista. Un maestro de la falsa pista, de la sorpresa, de la pesquisa laberíntica, capaz de estirar la trama como un artista plástico de la historia.  Utiliza la técnica del crimen concéntrico, hace trenzas a dos tiempos con los hechos contados desde distintos puntos de vista, para dar una panorámica de 360 grados de la escena del crimen, no solamente en términos del espacio, del lugar donde ocurrió el crimen, sino en términos del tiempo, desde los años setenta en Alabama, 1998 en New Hampshire, y 2008 en la elección de Barack Obama.

El joven Joöl ilustra su novela con los retratos de la galería de los personajes de Norteamérica: el escritor, el boxeador, la adolescente, el editor, el pastor, los policías, el rico, el monstruo, el abogado, el agente, más los que se mueven en la cafetería, el motel, la biblioteca y las calles de un villorrio norteño de mayoría blanca, Aurora, un condado ficticio en New Hampshire.

Pero además, la verdad del caso Harry Quebert es una lección para escritores. La novela comienza en el capítulo 31, que trae la primera lección. Un escritor viejo y consagrado le enseña a un escritor joven el oficio, pero también a boxear, algo muy ligado, decía Papa Hemingway. Con la novela, un escritor joven – Joël – se permite dar una lección a los escritores sobre cómo es eso de hacerse escritor.

En la lección diez, dos tercios de corrida la novela, en una escena en 1975, Goldaman el narrador, le pregunta a Harry, el protagonista, ¿cómo se transmiten emociones que no se han vivido? Y Harry le responde: ese es precisamente su trabajo como escritor. “Escribir significa que usted es capaz de sentir mejor que los demás y después transmitirlo”.  

Dicker se las trae, no es tan profundo como Roth, pero mucho más divertido que Nabokov y tan agarrador como Larsson. Nos roba tardes y noches, buscando enterarnos de quién mató a Nola Kellergan.

Nola Kellergan mató a su madre en un incendio, tiene doble personalidad, quince años, posa desnuda para el chofer de un millonario, hace felaciones al jefe de la policía y enamora perdidamente del escritor que se hace famoso publicando la novela del monstruo Kaleb, bajo el titulo de El origen del mal.

Un privilegiado narrador deficiente desvela con la más pura astucia conjetural de la novela negra más refinada, el misterio de la muerte y de la escritura. Es un narrador que a pesar de haber colocado la crónica en el mercado a muy buen precio, lo único que en realidad busca es ayudar a su amigo Harry Quebert, acusado del asesinato de Nola, por quien profesa la admiración platónica de un homosexual.

Es una novela para escritores, pero no solo, también para quien tenga la paciencia de tirarse en la hamaca a empacarse el libraco, que tiene puerilidades narrativas, lugares comunes románticos, al gusto del norteamericano medio, casualidades pintorescas, pasajes forzados. Sin embargo, es tan perfecta en la trama y los puntos de vista, que las imperfecciones se asimilan. Al punto de no llegar a saberse si son accidentales o deliberadas.

Es una de esas novelas de las que nos lamentamos que terminen.   

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