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La muerte del estratega

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La Casa de Poesía Silva rinde homenaje a Álvaro Mutis. Para la ocasión se ha invitado al poeta Rómulo Bustos Aguirre, que no tengo puñetera idea quién sea, para que hable de los “tres Mutis” en la disertación: Marqroll el Gaviero o la ritualidad en el vacío del movimiento incesante. Coño, con un nombre así, se habría muerto, de estar vivo. No hay derecho que ni antes ni después de morir, a uno le endilguen semejante ponche. Qué pena con Mutis. Aunque viéndolo bien, quizás se lo merecía. Su obra termina como una “ritualidad en el vacío”.

A mi me gusta el Mutis de los cincuenta, el de Los elementos del desastre, Los hospitales de ultramar, Los trabajos perdidos. El joven Mutis, ardoroso, fresco e imaginativo. El ciclo que termina con el Diario de Lecumberri, honesto, triste, poético. El Mutis cronista de su propia vida. Auténtico, con voz propia, dispuesto a decir cosas.

Los años setenta son los de un escritor en receso. Se republican algunas cosas y produce otras con menor ardor y suerte. Y en los ochentas aparece Maqroll, el personaje más idiota de la literatura colombiana. No es divertido, carece de osadía, a falta de ambigüedad tontería, a falta de fuerza aburrimiento, y a falta de carácter maquillaje. Debieron haber sido las editoriales las que convencieron a Mutis de convertir a su Maqroll en el hilo maestro de una saga. El sueño errante de Mutis desdoblado en un alter ego de tierra caliente con gusto europeo. Maqroll: un vagabundo híbrido que nunca terminó de hacerse  a pesar de los cientos de páginas que se le dedicaron. No estoy seguro que muerto Mutis, Maqroll se recuerde para que no se olvide tan pronto a Mutis. Si es que todavía se lo recuerda.

Los noventa inician con el Sueño del estratega. Su mejor cuento, un cuento europeo que merecería estar en la antología de los cien mejores cuentos colombianos. El poeta envejecido se faja como prosista narrativo. Son también los noventas, los de las Summas de Maqroll y las recopilaciones.

Maqroll debió morir en el 88, cuando apareció Ilona, habría sido el mejor de los finales. Pero no, Mutis el soberbio, el monárquico, el desdeñoso, el aristócrata de tierra caliente, el hablador, el sordo, estaba muy enamorado de sí mismo, como para haber sacrificado su alter ego literario en aras a la dignidad de la saga.

Con el siglo XXI termina Mutis. Lo único que apagó a Maqroll fue la vejez. Se ganó todos los premios, hasta los que no debería haber ganado. El Nacional de Letras de Colombia, el Nacional de Poesía de Colombia; le otorgaron el grado de Comendador de la Orden del Águila Azteca, de México, en 1988; el Xavier Villaurrutia; la Orden de las Artes y las Letras del gobierno de Francia; el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Cervantes y el Neustadt. Hasta se ganó el premio Esso en 1959, que le concedió un canazo de año y medio en Lecumberri.

Que tenía un lado oscuro, como nos lo ha hecho saber Alvarado Tenorio, no es ninguna noticia, todos tenemos un lado oscuro. El de Mutis es pintoresco y agitado.

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