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¿Qué diablos es aprender?

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Parece haber un acuerdo respecto a que todo se aprende. Siendo así se entenderá que no hay una actividad más global, más presente en todo lo que hacemos, que el aprendizaje. Algo tan universal en la cultura como la respiración o la oxigenación en biología.

¿Pero qué diablos es aprender? Nadie diría que aprender a jugar al ajedrez es como aprender a amarrarse los zapatos. Nadie diría que aprender a leer es como aprender a no orinarse en la cama. Nadie diría que aprender el saxofón de concierto, es como aprender a soplar un pito en un partido. Nadie piensa que aprender a hacer dinero, es como aprender a jugar el monopolio. Y aunque nadie lo diría, hay algo profundamente común en actividades tan dispares.

¿Todo se aprende? El buen sentido diría que sí. ¿Pero cómo se aprende a soñar? ¿Cómo se aprende a olvidar? ¿Cómo se aprende el tiempo? Hay quienes dicen que tales cosas no se aprenden. Es una incógnita que interroga el supuesto común de los aprendizajes, que ha servido de supuesto común a las enseñanzas. ¿Cómo se aprende a enseñar?

Pero aún más ¿Se aprende porque se enseña? ¿Alguien distinto al que aprende es necesario para el aprendizaje? Hay muchos casos de niños que han aprendido a leer solos. Hay personas que aprenden a tocar la guitarra, solas. Hay sujetos muy inteligentes que aprenden a hablar otro idioma, solos. Hay quienes aprenden leyendo. El aprendizaje no supone la enseñanza, o al menos, a alguien que interceda. El autodidacta es capaz de responsabilizarse de su propia construcción de aprendizaje.

Todos somos autodidactas, es una buena consigna que se le acredita  a las pedagogías activas que aseguran que todos tenemos las condiciones y las estructuras necesarias para aprender, lo que equivale a que, aún siendo enseñados, aprendemos por sí mismos. La condición necesaria está en la autonomía para ser sujetos de conocimiento. Lo que quiere decir, ser capaces por sí mismos de una construcción de conciencia, que sirve, por ejemplo, para hacer un puente, para rodar una película, para participar en un campeonato de poker, o para hacer una paella.

No quisiera que mi consideración, en ningún caso, pudiera entenderse como si la enseñanza sobrara. No es lo mismo que un niño aprenda a leer por sí solo, a que alguien le enseñe. Le ahorrará mucho tiempo y esfuerzo. Aprender en grupo es mucho más potente, por el intercambio. De hecho, si no se les enseñara, muchos niños no aprenderían a leer. Pero no es la enseñanza como un catalizador, el motivo de mi especulación. La pregunta, hechas las consideraciones anteriores, sigue siendo: qué es aprender. Y es natural que la pregunta lleve a curiosidad, habiendo tantos y tan distintos aprendizajes, mediados y en solitario, con tan diversos y antagónicos fines. Un lector puede leer una novela criminal por divertirse, otro para aprender cómo se roba un banco. Uno puede aprender matemáticas para diseñar un modelo, y otro, para encontrar la fórmula para ganar la lotería.

¿Qué cosa, pues, es aprender? Tal vez sea algo que no se enseñe; el secreto que envuelve la respuesta está en el hecho casi metafísico de aprender a aprender. 

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